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Analistas 10/08/2026

Meritocracia y movilidad social

Sergio Clavijo
Prof. de la Universidad de los Andes

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En el foro “PolíticasPublicas.com.co” se discutieron estos temas, a instancias de una interesante, pero bastante debatible, presentación de Juan C. Cárdenas y Leopoldo Fergusson (2026, “Meritocracia sin movilidad”). A ellos nuestros agradecimientos por promover esta importante discusión.

Los autores entrelazan temas sobre “institucionalidad Latam”: i) elevada informalidad laboral; ii) debilidad del “imperio de la ley”; y iii) poco impacto educativo como “ascensor social”. Sobre el primero cabe destacarse “la teoría del impuesto-puro” (no mencionada por autores); Martin Feldstein fue pionero en cuantificar su impacto (1975), donde exageradas contribuciones a seguridad social representan “pérdida social-laboral”; y Santiago Levy (2008, “Good Intentions, Bad Outcomes”) hizo eco de esa problemática en Latam.

El diagnóstico está claro: si los empleadores deben pagar +52% de obligaciones laborales-contributivas, el mercado laboral se explayará hacia “los independientes”, quienes tendrán que asumir tal fardo-laboral o buscarán eludirlo (en Colombia solo 25% de trabajadores contribuye todos los meses al Pila), ver cuadro adjunto.

Y las soluciones también están claras: deben reducirse dichas contribuciones (máx. 30% de sobrecarga en nómina) para inducir empleo formal. El problema es entrar a sustituir esos aportes patronales con impuestos, pues los Congresos no quieren elevar la carga del Iva, que en Colombia opera con tasa efectiva de solo 10% (vs. 19% nominal), sacrificando 1,5% del PIB en recaudo. Estamos atrapados, como México y Perú, en la informalidad estructural.

Formalidad laboral según densidad cotizaciones Pila
Pila

También sabemos que la debilidad estructural del Estado en Latam se agrava con elevada violencia, inseguridad y narcotráfico. Luce algo forzada la hipótesis Cárdenas-Fergusson de que “meritocracia-informal” (narcos ricos) explica también el fracaso de “meritocracia-formal”. Sabemos que la calidad educativa pública (básica y media) es deplorable, luego la recomendación debería apuntar a derrotar la supremacía sindical de Fecode a través de “vouchers” que habiliten la mejor educación privada. Solo así podría operar la meritocracia como “ascensor social”.

Las multilaterales evitan mencionar este espinoso problema sindical educativo, pues sus patronos de izquierda en Chile, Perú y Colombia lo vetaban; pero la academia debería ahondar sobre dicha problemática. Concluir entonces que existen fallas “institucionales” y que el sistema educativo público no cumple su labor de ascensor social suena bastante repetitivo; lo que se requiere es pasar a lo propositivo.

Sandel (2020, “La tiranía del mérito”) analiza el fracaso del sistema educativo en EE.UU. Allí explica cómo ha proliferado un sistema que favorece a pocos ganadores de prestigiosas universidades privadas (4% del estudiantado universitario), llamándolo “la tiranía meritocrática que destila arrogancia y concentración del ingreso”.

Los ganadores tendrán ingresos en múltiplos de +100 respecto de “perdedores” que enfrentan desazón y resentimiento social. Parecería que el ascensor social de 1950-1970 se hubiera varado. Las universidades “Ivy-League” ahora son emuladas por las cuasi-públicas, que también generan altos costos educativos.

Sandel provee análisis históricos útiles e informativos, aunque varias de sus soluciones resultan ingenuas, moralistas y hasta parroquiales. Coincidimos con Sandel en que, aun si se dieran más oportunidades de acceso de la clase media a ese sistema universitario, ello no arreglaría el problema de alta concentración de ingresos. Sabemos que los títulos universitarios ya no garantizan los “ingresos-aspiracionales”. Se tiene alta competencia por talento-práctico y, en paralelo, la IA está generando rápida obsolescencia cognitiva. Solo un puñado logrará especializarse en sectores líderes: cibernética, biomédica e ingenierías. Aquí el problema no son las universidades, sino la competencia global, cuyo tema Sandel analiza poco, y que debería examinar en el trabajo de Philippon (2020, “The Great Reversal”).

La sugerencia de Sandel de establecer loterías en admisiones universitarias, a partir de un mínimo de calificaciones, poco aporta a solucionar estos problemas. Y su recomendación de impuesto a transacciones financieras para castigar sectores con excesivo triunfo es parroquial. En cambio, tiene mejor perspectiva su sugerencia de fortalecer la educación vocacional, cuya asignación presupuestal en los Estados Unidos está por debajo de 10%.

El esquema educativo elitista ocurre a nivel global: Gran Bretaña (Oxbridge), Francia (Escuelas de Altos Estudios), Estados Unidos (Ivys). Las diferencias en costos, sin embargo, varían según el tipo de “destilería-educativa” que se monta desde la educación pública básica e intermedia. Sandel ha debido analizar la incidencia sindical en las escuelas públicas y su baja calidad en Estados Unidos, y compararla con el sistema nórdico.

La discusión de Sandel sobre disciplina y garra profesional requerida para el éxito es más bien moralista: él considera esas virtudes como denigrables al dejar atrás a los que (... concedido) o no tuvieron oportunidades, o no tuvieron talento, o no cultivaron dicha garra. En cambio, el psicólogo-social Tough (2013, “How Children...”) concluye que la tarea de generar disciplina-trabajo es por excelencia democrática, pues nadie puede heredarla.

Bienvenidos los mensajes educativos de Sandel: “no colarse en la fila” (ni sobornar oficinas de admisión de universidades); no pisotear a los menos favorecidos; no creerse que todo profesional se ha hecho únicamente a pulso, pues todos sabemos la alta ponderación que suele tener el factor suerte.

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