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Analistas 04/03/2023

El discreto encanto de ir a tomar café

Me puse a hacer cuentas de cuántas tasas de café me tomo al mes, empecé primero por contabilizar el número de pocillos diarios y descubrí que cada semana bebo casi tres litros de cafeína pura y dura. Eso, quizá, es lo de menos. No me detendré en pensar en el daño o el beneficio que le hace a mi cuerpo semejante inyección de energía, me enfocaré en la plata que me gasto.

Lo primero es que mis padres no fueron muy cafeteros, son gente de la generación X que veían a los baby boomers (mis abuelos) como modelos a no copiar, especialmente para llevarles la contraria, normal relación entre padres e hijos. Si los abuelos tomaban café, pues los hijos no lo hacían, era como una costumbre en desuso. Salvo, claro está, de algunas excepciones que siempre confirman la regla. Confieso que ir a tomar café es hoy uno de los planes preferidos de los jóvenes nacidos después de 1990, quienes gastan una buena parte de sus ingresos en tintos (americanos) de $5.000; capuchinos de $8.000 y cafés fríos de unos $10.000. Y nadie toma solo un café y menos sin un buen postre, una cuenta que puede subirse a unos $15.000 en promedio.

“Todo está muy caro”, “la inflación va a acabar con nuestros bolsillos”, “ya no se puede ir a ningún lado”, “son tiempos de poca plata”, escuchamos este tipo de comentarios frecuentemente, sin embargo, ni en tiempos de ahorro sacrificamos la salidita a tomarnos un café, que nos termina costando, probablemente dos o tres veces más de lo que nos valdría haciéndolo en casa. No hay mejor lugar que un café para ir a “desatrasarse” con amigos, hacer reuniones laborales, hablar de negocios e incluso para conocerse con ese “amor en potencia”.

Si bien la lógica, los números y la razón, deberían inclinarnos a consumir más café hecho en casa y minimizar esas salidas, hay algo que el dinero, en definitiva, no puede comprar ni compensar, como son ambientes, aromas, gente, música, sol o lluvia, todo un manojo de irracionalidades inexplicables que hacen la vida mucho más interesante. Es una sumatoria de momentos sensacionales, emocionantes, que nos deja en el alma ir a un lugar ambientado, sentirse bien atendido, pedir unos cuantos postrecitos, reírse con los amigos, tiene más valor para nosotros que ahorrar unos cuantos pesos.

El otro tema, más frío por cierto, el del consumo de café en las oficinas es que si las empresas contabilizaran el café individual que toman sus empleados, entre dos y tres litros a la semana, a precios de mercado, tendríamos que una pequeña empresa de 100 empleados pagaría solo por tinto unos $30 millones mensuales, pues cada litro tiene 10 tintos (5 tazas) y cada tinto vale $3.000, haga las cuentas. De siete días que tiene una semana, quedo con mis amigas a tomar café mínimo cuatro veces, y si me gasto en promedio $15.000 o $20.000 puedo invertir unos $80.000 semanales que suman $320.000 al mes, solo en café y sin contar lo que subsidia la empresa.

Ya ven por qué ir a tomar café tiene su encanto, aunque sea muy costoso. Lo curioso es que no somos tan bebedores de café como creemos y como los extranjeros creen. Según la Federación de Cafeteros, Finlandia nos gana con unos 5 kilos de consumo per cápita, un dato que seguramente romperemos, si los jóvenes siguen fieles al discreto encanto de tomar café.

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