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Analistas 07/12/2021

El significado social de la Navidad

Didier Tavera Amado
Director Ejecutivo de la Federación Nacional de Departamentos

El espíritu de la Navidad ya está presente entre nosotros y se mueve impulsado por vientos de esperanza, al cierre de un año en el que el país demostró que tiene la fortaleza necesaria para superar cualquier crisis.

En estos días, que deben ser de regocijo en nuestros hogares, ya no solo reflexionaremos sobre la reactivación económica y la recuperación paulatina de los indicadores sociales. También nos debemos ocupar de otros temas no menos trascendentes.

La unidad familiar es uno de ellos. Se trata de un concepto que incluye un acopio de valores y expresiones que nos dignifican como personas. El cuidado de nuestros niños y adultos mayores, la solidaridad con quienes sufren y el desarraigo de la violencia en todos los ámbitos son principios y tareas que le dan sentido a la Navidad.

Soñamos también con un cambio en la agenda informativa que suele caracterizar esta época de festividades. Imaginamos -con el derecho que nos dan nuestros anhelos compartidos como sociedad- con un país sin accidentes viales producto del coctel letal de gasolina y alcohol; con un país sin niños quemados con pólvora y en el que prolifere el sentido de la fraternidad.

Soñamos -sin que ese sueño sea una utopía- con una producción económica con mayor rostro social. Con una economía en la que los sistemas clásicos se alternen con iniciativas de emprendedores nuevos que trabajen para la comunidad, desde lo local, desde lo regional. También, con un campo más abonado a la inversión extranjera y a la relocalización de empresas en las regiones.

La víspera de la noche de las velitas y de faroles, que nos ha fascinado desde niños, debe inspirarnos para contribuir desde nuestras posiciones a que imaginemos e impulsemos el modelo de un país cada vez mejor.

Si conservamos el espíritu renovado que nos trae diciembre, con su profundo significado de fe y fraternidad, podemos esperar 2022 con expectativas razonablemente superiores a las que tuvimos durante la crisis que, unidos, hemos sabido superar.

Se avecina un año lleno de desafíos y signado por un clima electoral que debemos aprovechar, no para profundizar en las diferencias y enervar ánimos pendencieros, sino para construir unidos una Colombia de regiones en la que se fortalezcan el sentido de la equidad, la igualdad de oportunidades, el empleo productivo y el respeto por los derechos esenciales de todos.

Para los departamentos colombianos la Navidad representa el cierre de un año complejo, pero a la vez rico en realizaciones. El fortalecimiento de los esquemas asociativos, con la formación de las Regiones Administrativas y de Planificación; la ampliación de las capacidades del sistema de salud público, exigido a tope por la pandemia, y el reordenamiento financiero que ha exigido una de las más duras crisis fiscales de la historia son muestras del poder regional.

Son previsibles para el año que llega avances aún más relevantes en la descentralización y la autonomía, un anhelo que nuestras entidades territoriales ha venido acariciando a luz de los mandatos de una Constitución que acaba de cumplir sus primeros treinta años.

El cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible ha sido, y debe seguir siendo, uno de los objetivos más altos de una nación que, como la nuestra, tiene una de las perspectivas de crecimiento más altas y razonables en América Latina.

Como lo ha dicho el Papa Francisco, con su enfoque ecuménico de unidad, no dejemos perder la esperanza. Las luces de diciembre nos iluminan ya el camino.