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Buenas noches.
Quiero agradecer a La República y a los organizadores por este reconocimiento. Para un colombiano que ha dedicado los últimos trece años a construir una empresa desde Brasil, recibir este premio en su tierra tiene un significado que va más allá de lo profesional.
Agradezco a mi esposa, mi hija, padres y familiares; a los Nubankers que vinieron a acompañarme, y a los periodistas, empresarios y líderes aquí presentes. Y agradezco, sobre todo, a los millones de colombianos que han depositado su confianza en Nu.
Pero esta noche no vengo a hablar solo de Nu. Vengo a plantear una tesis que considero urgente para el futuro de Colombia: este país necesita apostar decididamente en el sector privado como el principal motor de su economía y como la herramienta más eficaz para resolver sus grandes problemas estructurales.
Vengo de una familia de emprendedores. De mi padre aprendí que las oportunidades no se esperan, se construyen. De mi madre, la disciplina y la tenacidad que se necesitan para sostener cualquier proyecto en el tiempo. Ambos me enseñaron algo que ha definido mi vida: que emprender, antes que crear empresas, es una actitud. Es la decisión de tomar control sobre las propias circunstancias. Es elegir la agencia sobre el victimismo. Es entender que los problemas que uno observa en la sociedad no son motivo de queja, sino una invitación a la acción.
Esa convicción me llevó a São Paulo en 2012 y me llevó a una agencia bancaria que cambió mi vida.
Una tarde fui a abrir una cuenta bancaria. Lo que siguió fue una experiencia que millones de latinoamericanos conocen muy bien: una puerta giratoria blindada, una hora de espera, docenas de documentos, un trato que te hace sentir que te están haciendo un favor. Salí cuatro horas después con un producto carísimo y mucha rabia.
Pero esa tarde vi algo más que mi propia frustración. Vi un sistema bancario donde cinco instituciones controlaban más de 80% del mercado. Tasas de interés entre las más altas del mundo. Comisiones exorbitantes. Más de 150 millones de personas atrapadas en esa realidad, sin alternativa, y otras 40 millones que ni siquiera tenían el privilegio de quedarse atrapadas en la puerta por que no eran bienvenidos a la sucursal.
La pregunta fue sencilla: ¿qué pasa si construimos un banco desde cero, obsesionado por servir a nuestros cliente, sin sucursales y 100% digital?
En 2013, junto con Cristina Junqueira y Edward Wible, fundamos Nubank en una casa pequeña en São Paulo. Seis personas. Una tarjeta de crédito morada. Nuestro plan de negocios proyectaba un millón de clientes en cinco años. Lo logramos en dos. No porque fuéramos brillantes, sino porque el dolor del consumidor era tan profundo que cuando apareció una alternativa justa, la adopción fue explosiva.
Hoy Nubank tiene más de 131 millones de clientes. Es el banco digital más grande del mundo fuera de China.
Somos el banco principal de más brasileños que cualquier otra institución, incluidos bancos con más de 200 años de historia. Y lo que más me enorgullece es que hemos sabido crecer manteniendo a nuestros clientes en el centro de nuestra estrategia.
Pero las cifras de crecimiento son solo una parte de la historia. Lo que realmente importa es el impacto que la competencia ha generado en la vida de las personas.
Permítanme ser específico.
En Brasil, cuando Nubank entró al mercado, el sector bancario brasileño era uno de los mas concentrados y más rentables del mundo, no porque sirviera bien a sus clientes, sino porque la falta de competencia se lo permitía.
¿Qué ocurrió cuando un regulador visionario decidió apostar por las fuerzas del mercado?
Primero: una gran inclusión. El número de personas con acceso al sistema financiero en Brasil es más que doble, de 76 millones en 2018 a 163 millones en 2026 - casi la mitad del país fue bancarizado en solo 8 años! 32 millones de esas personas entraron vía Nubank al sistema por primera vez, y 28 millones de personas obtuvieron su primera tarjeta de crédito con nosotros.
Esa gran participación de los nuevos entrantes en el sistema se tradujo en menores índices de concentración bancaria: la participación de los 5 mayores bancos en los activos totales del sistema fue del 81% en el 2016 a 71% a finales del 2024, y la participación de mercado de los grandes 5 en tarjeta de crédito fue del 79% en el 2019 a 57% en 2024. Según el FMI, esa competencia bancaria se tradujo en una caída de casi 3 puntos porcentuales en las tasas de interés y una reducción del 15% del spread bancario.
Segundo, una gran creación de valor para los consumidores vía ahorro. Nuestro modelo digital, sin sucursales y sin comisiones ocultas, les ha ahorrado a nuestros clientes casi US$30.000 millones en comisiones bancarias desde que empezamos la compañía. Les ahorró también más de 645 millones de horas de espera en filas durante los últimos siete años. El tiempo es dinero, sobre todo para quienes menos tienen.
Tercero, una gran mejora de la experiencia de cliente. Los bancos tradicionales, enfrentados por primera vez a la competencia real, tuvieron que reducir tasas, mejorar productos y transformar su servicio al cliente. Nuestro NPS es casi tres veces superior al de los bancos tradicionales. Y un estudio de GlobalData confirmó que la razón número uno por la que los brasileños cambian de banco es la búsqueda de una mejor experiencia digital. Nubank no solo mejoró la banca para sus clientes: mejoró la banca para todo Brasil. Hoy nadie en Brasil queda atrapado en una sucursal.
Y en Colombia todo este impacto se esta replicando. En apenas año y medio nos convertimos en la quinta institución financiera más grande del país en depósitos totales, alcanzando más de $9,2 billones. Ofrecemos una de las cuentas de ahorro más competitivas del mercado, con rendimiento diario, sin costos ocultos, liquidez inmediata. Y apenas estamos comenzando: ya lanzamos pagos instantáneos, CDTs digitales, y pronto escalaremos nuestra oferta de crédito. Nuestro compromiso con Colombia es de largo plazo y de gran ambición.
Ahora quiero llevar esta reflexión a un plano más amplio, porque lo que ocurrió en la banca brasileña no es una anécdota. Es la ilustración de un principio fundamental.
La inclusión financiera fue un objetivo declarado de prácticamente todos los gobiernos de América Latina durante tres décadas. Se crearon programas, se destinaron presupuestos, se escribieron documentos de política pública. Se crearon regulaciones. Y sin embargo, doscientas cincuenta millones de personas seguían excluidas y otras más de 300 millones que eran bancarizadas todavía pagaban algunas de las tasas de interés y comisiones más altas del mundo.
¿Qué cambió? Antes del 2012 Brasil era de los mercados bancarios más protegidos, inclusive con protección constitucional para los bancos locales. Una nueva política del banco central de Brasil alrededor del 2012 tuvo la visión de tratar de solucionar los problemas de la industria apostándole al sector privado, abriendo el mercado a nuevos competidores. Y cuando el sector privado pudo competir libremente, el problema que treinta años de política pública no habían resuelto comenzó a resolverse en menos de una década. No por caridad. No por altruismo.
Sino porque servir a los excluidos se convirtió en un negocio extraordinario. Y esa es la mecánica esencial del capitalismo bien entendido: alinear el interés individual con el bienestar colectivo.
Nubank es un ejemplo concreto de cómo el sector privado resolvió un problema que muchos gobiernos intentaron resolver y no pudieron. Y eso debería informar cómo pensamos sobre los grandes desafíos de Colombia.
Colombia necesita más sector privado. Más competencia. Más emprendimiento. Y necesita el rigor intelectual para reconocerlo.
Sé que esta afirmación puede resultar incómoda en un contexto donde frecuentemente se mira al capitalismo con desconfianza. Pero permítanme examinar la evidencia.
Consideremos un caso que conozco en profundidad: la tasa de usura en Colombia.
La tasa de usura existe, en teoría, para proteger a los consumidores más vulnerables de tasas de interés abusivas de los bancos. La intención es noble. Pero los resultados son devastadores.
Hoy, 65% de los colombianos no puede acceder a un crédito formal. Más de 11 millones de personas se ven obligadas a recurrir al gota a gota, un sistema ilegal donde los prestamistas cobran tasas promedio de 380% anual a personas y de 666% a empresas. Eso es más de 23 veces la tasa de usura legal. Y estos colombianos quedan completamente desprotegidos: sin contrato, sin regulación, sin derechos, expuestos a amenazas y violencia.
La regulación diseñada para proteger a los más vulnerables terminó excluyéndolos del sistema formal y entregándolos a los prestamistas más abusivos que existen. Es una tragedia de política pública que debería indignarnos a todos.
Y no es un caso aislado de los efectos nocivos de interferencia en el mercado. En nuestra vecina Venezuela, en 2027 Hugo Chávez y Nicolás Maduro crearon controles de precios para cientos de alimentos básicos como comida, medicinas y papel sanitario con el objetivo de hacerlos “accesibles a los pobres”. De nuevo, muy buenas intenciones. Pero el resultado fue catastrófico: los productores no podían cubrir sus costos de producción, así que dejaron de producir. Las estanterías de los supermercados se vaciaron. El país que está sentado en las mayores reservas de petróleo del mundo vio a su población perder un promedio de 11 kilogramos por persona en peso corporal en un solo año (2017). Un gran mercado negro apareció donde estos alimentos “accesibles” costaban entre 10-50x el precio legal. Los más pobres fueron los que sufrieron más- los ricos siempre tenían capacidad adquisitiva o salieron del país. La tasa de usura en Colombia es equivalente all control de precios de los alimentos en Venezuela.
Estos casos revelan un patrón que los economistas han documentado durante un siglo: cuando la regulación impide que el mercado funcione, las consecuencias las pagan los más vulnerables. Milton Friedman lo sintetizó con una frase que debería estar enmarcada en el despacho de todo legislador: “Uno de los grandes errores es juzgar las políticas y los programas por sus intenciones y no por sus resultados.” La solución de muchos de estos problemas, ya sean de altos intereses o altos precios de alimentos, están en soluciones de mercado, y no de políticos o políticas que tienen buenas intenciones pero no crean el resultado esperado.
Ahora bien, reconozco que hay una narrativa extendida que responsabiliza al capitalismo de la desigualdad, la pobreza y la exclusión. Y quiero abordarla de frente, con datos.
En 1820, tres de cada cuatro seres humanos en el planeta vivían en pobreza extrema - no podían pagar un techo mínimo, calefacción básica ni alimentación que evitara la desnutrición. Hoy, esa proporción es aproximadamente uno de cada diez. En 1990 había dos mil trescientos millones de personas en pobreza extrema. Hoy son alrededor de ochocientos millones. Eso significa que 1.500 millones de personas salieron de la miseria en apenas treinta y cinco años - un promedio de ciento diecisiete mil personas por día. Cada día. Durante treinta y cinco años. En 1800, ningún país del mundo tenía una expectativa de vida superior a cuarenta años. Hoy el promedio global supera los setenta.
¿Y cuál fue el motor? No fue un plan quinquenal. No fue un ministerio de planificación. No fue la redistribución de la riqueza existente. Fue la creación de riqueza nueva - a través de comercio, innovación, emprendimiento y mercados abiertos. Fueron miles de millones de personas tomando decisiones libres: comprando, vendiendo, inventando, arriesgando, sirviendo a otros.
Y los ejemplos son irrefutables.
Miren a Singapur. En 1965, un país diminuto, sin un solo recurso natural, recién expulsado de Malasia, con un ingreso per cápita comparable al de muchos países africanos. Lee Kuan Yew tenía exactamente dos activos: un puerto y la convicción de que los mercados abiertos, el estado de derecho y la educación iban a ser suficientes. En 60 años el ingreso per cápita de Singapur se multiplicó por 210x a llegar a US$68.000, superando al de Estados Unidos. No tiene petróleo, no tiene minerales, no tiene tierras agrícolas. Tiene instituciones, tiene un sector privado empoderado, y tiene un gobierno que entendió que su rol era crear las condiciones, no dirigir la economía.
Miren a Corea del Sur. En 1960, su ingreso per cápita era 60% del de Colombia. Inferior al de Ghana. Era uno de los países más pobres del mundo, devastado por una guerra que lo dejó en ruinas. Hoy es una potencia tecnológica global, hogar de Samsung, Hyundai y el sistema educativo más admirado del planeta. ¿Qué hizo? Apostó todo por la educación, la tecnología, la competencia global y la integración a los mercados mundiales, y hoy tiene un ingreso per capita casi 5x mayor que el de Colombia. No se cerró - se abrió.
Miren a Taiwán. De isla agrícola donde se cultivaba arroz y caña de azúcar a potencia mundial de semiconductores en dos generaciones. Hoy, una sola empresa taiwanesa - TSMC - fabrica más del noventa por ciento de los chips más avanzados del mundo. Los teléfonos que ustedes tienen en el bolsillo, los servidores que mueven la inteligencia artificial, los sistemas que controlan los aviones - todos dependen de lo que se construyó en una isla que hace setenta años era pobre.
El común denominador es claro: en todos estos casos - todos, sin excepción - fue el sector privado operando dentro de un marco institucional sólido el que generó la prosperidad. No fue el gobierno el que creó a Samsung. No fue un ministerio el que diseñó los chips de Tsmc. No fue un plan central el que convirtió el puerto de Singapur en el más eficiente del mundo. Fue gente emprendedora, compitiendo libremente, con reglas claras y un estado que protegía la propiedad privada en lugar de interferir con los precios.
Y aquí quiero decir algo que creo profundamente: frecuentemente culpamos al capitalismo por las fallas que vemos en nuestras economías. Pero cuando uno mira con cuidado, descubre que en la enorme mayoría de los casos la falla no es del capitalismo - es de la ausencia de capitalismo. Es la falta de competencia. Es el exceso de regulación. Es la captura del estado por intereses privados. Es el proteccionismo que defiende a los incumbentes a costa de los consumidores. Las fallas que atribuimos al libre mercado son casi siempre fallas de un mercado que no es lo suficientemente libre.
No estoy diciendo que el gobierno no tenga un rol esencial. Lo tiene. Debe garantizar el estado de derecho, proteger los derechos de propiedad, hacer cumplir los contratos, invertir en educación e infraestructura. Pero la creación de valor, la innovación, el empleo, la solución a los problemas concretos de la gente: eso viene del sector privado. Viene de millones de personas que cada día deciden emprender, trabajar, competir, servir.
Y esto me lleva al futuro, porque estamos ante una oportunidad que no podemos desperdiciar.
La inteligencia artificial está redefiniendo todas las industrias del mundo. En Nu, ya estamos utilizando IA para mejorar nuestras decisiones de crédito, para personalizar la experiencia de cada uno de nuestros 131 millones de clientes, para operar con niveles de eficiencia que eran inconcebibles hace cinco años.
Esta revolución tecnológica crea una ventana de oportunidad extraordinaria para el sector privado y el emprendedurismo en Colombia. Pero las ventanas se cierran. Necesitamos urgentemente formar más ingenieros, más programadores, más científicos de datos.
Necesitamos que nuestras universidades se transformen. Necesitamos que la educación en tecnología se democratice con la misma velocidad con la que se democratizó el acceso a cuentas bancarias.
No estamos compitiendo solo con países de la región. Estamos compitiendo con India, con Vietnam, con Polonia. La carrera por el talento tecnológico es global, y Colombia tiene el talento, la creatividad y la energía para competir al más alto nivel, si toma las decisiones correctas ahora, y le apostamos al mercado abierto como solución de muchos de nuestros problemas.
Quiero cerrar con una reflexión que va más allá de la economía.
Hace unos meses estuve en una reunión con un grupo de jóvenes emprendedores colombianos. Uno de ellos me preguntó: “David, ¿qué necesita Colombia para producir el próximo Nu?” Le respondí: “Colombia no necesita producir el próximo Nu. Para salir adelante, Colombia necesita producir los próximos 10.000 Nu.”
Porque el verdadero poder transformador no está en una empresa o en un empresario. Está en un ecosistema. Está en millones de colombianos que entienden que pueden ser protagonistas de su propia historia económica. Que no necesitan pedir permiso para crear. Que no necesitan esperar a que un gobierno resuelva lo que ellos pueden resolver más rápido, más eficientemente y con mayor impacto. Que se vean como actores empoderados y dueños de su propio destino.
Cuando miro a Colombia, no veo un país con problemas insolubles. Veo un país con un potencial extraordinario que está esperando ser liberado. Veo a los emprendedores que están en esta sala y a los millones que están afuera. Veo a la joven programadora en Cali que está aprendiendo inteligencia artificial. Veo al comerciante en Barranquilla que abrió su primera cuenta digital. Veo al fundador de una startup en Medellín que está construyendo la próxima gran empresa colombiana.
Ese es el motor. Esa es la apuesta. No un plan de gobierno. No un subsidio. No un decreto. Son ustedes. Somos nosotros. Es el sector privado colombiano, operando con libertad, compitiendo con integridad y creando valor para la sociedad.
Este premio lo recibo como un compromiso: seguir construyendo, seguir compitiendo, y seguir demostrando que desde Colombia y América Latina se pueden crear empresas que transforman la vida de cientos de millones de personas. Y que además, los Colombianos tenemos capacidad de competir, y ganar, a escala global.
Muchas gracias.
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