China, Rusia, Brasil y otras naciones no han reconocido aún a Joe Biden como presidente de Estados Unidos. Una prudente espera que radica en el conteo oficial de la votación y no en la llamada proyección mediática que parece suplantar el orden legal y hasta las decisiones populares.

Por encima de quien gane o quien pierda, no va bien que sean los medios los que canten el resultado, llevados a caso por sus preferencias ideológicas y políticas, como medios militantes, sin esperar el veredicto final de la autoridad electoral que, según el orden legal de Estados Unidos, tendrá tiempo hasta el 12 de diciembre para declarar el resultado.

En este contexto es de valorar el proceder de los gobiernos de grandes potencias del mundo que no han dejado su independencia y política exterior al dictamen y presión de los grandes medios de comunicación, hoy en manos de monopolios asfixiantes de la libertad de expresión, pensamiento y prensa.

Nada de esto cuadra en el tablero democrático de libertades y garantías que tanto demócratas y republicanos dicen defender. La voracidad económica ha concentrado la propiedad mediática y es tanto su poder que desde las plataformas de redes sociales y prensa censuran al que no quieren, al que desentona con sus fines y visión de la sociedad. Hoy censuran a un Presidente elegido popularmente, mañana a cualquier persona o institución.

Se trata de un nuevo poder que acaba de mostrar sus dientes bajo la premisa de saber definir qué es verdad y qué no lo es. Con el ropaje de defender valores democráticos, sociales y hasta éticos, aplican la censura, al viejo estilo de las dictaduras comunistas y fascistas. El exceso de capitalismo y su afán ideológico los tiene enceguecidos, donde poco importa la búsqueda del bien común.

Se dice que la prensa y medios son guardianes celosos de la democracia y del soñado equilibrio de poderes, pero hoy es premisa del pasado, que según esta realidad solo impulsa y consolida intereses millonarios con agenda temática propia, sin ánimo de diálogo, sin capacidad de debatir ni discutir. Si acaso el Presidente de Estados Unidos miente ante los medios de comunicación es deber de los medios refutar y controvertir su mentira, pero no censurarlo ni silenciarlo.

A la concentración de la propiedad de los grandes conglomerados mediáticos se suma la homogenización de los contenidos, es decir, si un grande dice: esto es A, todos repiten lo mismo y desde ahí en las redes sociales. En este carrusel se originan falsas noticias, difamaciones y calumnias y se propagan círculos viciosos, generadores de rabias, odios, e intolerancia. Un retroceso social marcado por una nueva esclavitud ideológica que busca imponer un pensamiento único, donde solo el que piensa como yo tiene espacio y futuro.

Cualquiera que gane las elecciones de Estados Unidos gobernará bajo estos precedentes: la censura en Internet y de ABC, CBS y NBC a un Presidente elegido popularmente; la fuerte alineación de grupos mediáticos por un solo candidato; la masiva votación por los dos aspirantes; el desacierto de las encuestas y la división de una sociedad que ha perdido confiabilidad y respeto en los medios de comunicación, antes considerados independientes y libres.