Libertad para creer
sábado, 1 de agosto de 2020

Más columnas de este autor César Mauricio Velásquez O.

Quienes han imaginado que el mundo tiene que cambiar dejando atrás la religión y en concreto el cristianismo y la Iglesia ven una línea recta de la historia que confluye en una nueva sociedad sin Dios, sin referentes históricos del pasado y dentro de lo que se denomina lo políticamente correcto, es decir, bajo el encanto del discurso de la tolerancia se presiona y obliga a renunciar a las propias convicciones.

La persecución al cristianismo por los emperadores romanos fue intensa durante más de 300 años. El poder, fundado en gran parte en la capacidad de los ejércitos, así como en la expansión y los espectáculos en el Coliseo, se resistía al mensaje nuevo que, poco a poco y con el ejemplo de la sangre de los mártires, cambió y dignificó la sociedad. Gracias al cristianismo el mundo logró comprender la igualdad, la libertad y el respeto por la vida humana, sin esclavitud ni exclusiones.

Esta visión y realidad del ser humano permitió el desarrollo personal y social en el mundo occidental. Pasados los siglos algunos de estos aportes se quieren desconocer y así rechazar la religión y el cristianismo. Incluso el cliché de lo políticamente correcto ha servido para manipular la historia, desconocer la libertad de religión, de conciencia y de pensamiento. Se trata de una blanda imposición que sólo admite lo conveniente, lo relativo y acomodado.

De esta manera se pretende imponer un nuevo orden que parte de la negación y descalificación del creyente de cualquier religión y avanzar con variadas prohibiciones al cristianismo para terminar en el establecimiento de una sociedad sin Dios, sin referentes morales, donde se imponga el más fuerte y voraz. El ateísmo, invocado por los regímenes totalitarios del siglo XX, dieron paso a la desaparición de cualquier inquietud sobre la existencia de Dios y en consecuencia a la peor barbarie, nada bueno dejaron.

El caso de países de Europa como Polonia es evidente. Su historia de muerte en manos de fascistas y comunistas fue superada, entre otros, con la fuerza de un hombre de fe y valor: el papa Juan Pablo II y el Movimiento Solidaridad de los trabajadores polacos.

Por el contrario, en países democráticos y de mayoría católica, el derecho a la religión debe garantizar la libertad de creer y expresar la creencia sin imposiciones ni adoctrinamientos. Un derecho que no puede estar limitado a la ocupación o trabajo que se tenga. Un creyente, elegido popularmente en un país de mayorías creyentes, tiene derecho de expresar la creencia común, histórica y cultural.

Este derecho no siempre se cumple. Incluso en países que proclaman la libertad religiosa, las instancias judiciales han prohibido, por ejemplo, los crucifijos en las oficinas públicas y escuelas y la libertad de enseñanza de la religión. A este ritmo la presión seudo cultural actual pretende que los creyentes guarden silencio y hasta renieguen de sus creencias para poder estar en una sociedad secularizada.

Pero la historia da muchas vueltas. Los amagos ideológicos del llamado pensamiento único y secularizado deben buscar coherencia y garantizar el derecho a la religión, principio esencial del ser humano que en un acto libérrimo reconoce la inmensidad de su creador, la bondad de los demás y el futuro que vendrá. Prohibir el derecho a creer y a expresar la creencia es un retroceso del Derecho y también de la democracia.