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Analistas 30/01/2026

Oro y plata: termómetros silenciosos del mercado

Carlos David Alape Gamez
Economista y candidato a magíster en Economía Aplicada Universidad de los Andes

Cuando el oro supera por primera vez los US$5.100 la onza y la plata roza los US$111, no estamos frente a un simple rally especulativo ni a una moda pasajera de activos refugio. Los metales preciosos, históricamente, no anticipan crecimiento, anticipan fracturas. Y lo que están reflejando hoy es una profunda crisis de confianza en el orden económico, político y monetario global, con Estados Unidos en el centro del mensaje.

El propio mercado lo está diciendo sin ambigüedades. Kyle Rodda, citado por Forbes, define el movimiento actual como una crisis de confianza en la administración estadounidense y en los activos de EE. UU. El oro, como bien recuerda Max Belmont, es el inverso de la confianza. Cuando sube con esta intensidad y simultaneidad con la plata, el mensaje no es optimismo, sino desconfianza sistémica.

La lectura clave no es solo geopolítica, aunque esta juega un rol evidente. Las amenazas arancelarias erráticas, los conflictos abiertos -desde Canadá y Europa hasta Groenlandia, Irán y Venezuela- y una política exterior impredecible generan ruido. Pero el mercado de metales no reacciona al ruido, reacciona a la pérdida de anclas. Lo que se está erosionando es la credibilidad de las reglas del juego.

El dólar, pilar del sistema financiero internacional, aparece debilitado no solo por factores coyunturales, sino por una percepción creciente de que el orden monetario global es menos estable de lo que se creía. Hay una crisis de confianza en el dólar y en el orden monetario más amplio. Oro y plata no están apostando contra Estados Unidos como economía, sino contra su rol como garante de estabilidad.

Aquí es donde la señal se vuelve más profunda. En 2025, el oro subió 65% y la plata hasta 150%. No es una cobertura puntual, es una revalorización estructural del riesgo. Las tasas de interés más bajas, lejos de tranquilizar, han reavivado el temor a brotes inflacionarios inesperados. El mercado de deuda, aunque no lo grite, está internalizando que los bancos centrales tienen menos margen de maniobra del que aparentan.

La plata añade una capa adicional al diagnóstico. A diferencia del oro, no solo es refugio, es insumo productivo clave para la transición tecnológica, desde vehículos eléctricos hasta centros de datos de inteligencia artificial. La tensión entre su rol iLndustrial y su función monetaria explica su volatilidad extrema. El temor a aranceles, el desvío de inventarios hacia EE.UU. y la reducción de oferta en Londres revelan un mercado que no confía en la fluidez futura del comercio global.

En conjunto, oro y plata están leyendo algo inquietante, un mundo donde la política económica vuelve a ser impredecible, donde la geopolítica interfiere con las cadenas de suministro y donde la moneda de reserva ya no ofrece la tranquilidad de antaño. No es casual que estos activos brillen cuando los consensos se apagan.

Para el inversionista sofisticado -y para los responsables de política pública- el mensaje es claro. No estamos frente a una burbuja irracional, sino ante un termómetro que marca fiebre. Ignorar lo que dicen los metales preciosos es confundir el síntoma con la causa. Y la causa, hoy, es una crisis de confianza que el mercado ya empezó a descontar.

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