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La primavera árabe es evidencia histórica de que la frustración acumulada, la voluntad de cambio conjunta y la acción sincronizada de millones de ciudadanos pueden cambiar el curso de la historia de una nación. Hace más de una década, las manifestaciones que empezaron en el 2010 en Túnez, y que se esparcieron por el Medio Oriente, redefinieron el mapa político de esa región, retando autocracias que prosperaban en ambientes tiránicos de baja institucionalidad. Aunque los resultados fueron mixtos, terminando en varios casos en conflicto e inestabilidad, es un recordatorio potente de que la voz de la gente tiene impacto.
En marzo elegimos senadores y representantes. Es la primavera electoral colombiana, momento en que espero se exprese la frustración acumulada de los votantes; cansados de la inefectividad gubernamental, de la corrupción sistemática de nuestros líderes y del olvido reiterado del establecimiento político que diferentes sectores de la sociedad perciben con dolor.
En esta primavera confío en que la voluntad de cambio conjunta nos invite a las urnas de manera masiva y en que no demos por sentado vivir en una democracia libre, modelo que según diferentes fuentes, tiene una adopción de apenas 30-40% entre las naciones del mundo, número que además ha venido decayendo en las últimas dos décadas.
La acción sincronizada de millones de votantes es crucial en esta coyuntura de Colombia, es un momento en que podemos maximizar las posibilidades de que Colombia sea un país próspero. Como exponen Acemoglu y Robinson en su libro “¿Por qué fallan las naciones?”, investigación que en gran medida los hizo merecedores de un premio Nobel, uno de los factores determinantes del éxito de un país no es su geografía, clima o cultura, sino la fortaleza de las instituciones que sus habitantes han construido y defendido.
En marzo escogemos congresistas. Nuestra elección definirá la independencia y la autonomía del Legislativo frente al Ejecutivo que escojamos en el verano, ya sea de centro, derecha o izquierda. En nuestras manos está darle autonomía al Congreso, brindarle espacio a esta institución para hacer oposición responsable independientemente de quien elijamos como presidente.
Los medios nos inundan con sondeos, encuestas y entrevistas sobre las decenas de candidatos presidenciales que aspiran liderar nuestro país; y creo que erramos como sociedad al no invertir tiempo suficiente para aprender sobre los candidatos que quisiéramos apoyar para Senado y Cámara. Los invito a investigar con detenimiento las opciones que veremos en el tarjetón. Hay muchos candidatos competentes, comprometidos y conscientes del rol crítico de un congresista en una democracia efectiva, y también hay bastantes personas que no tienen la experiencia ni la motivación adecuada para cumplir a cabalidad un rol tan honorable.
Apoyemos a los que nos gusten, compartamos nuestras preferencias con los círculos en los que vivimos, donemos a sus campañas, amplifiquemos sus voces. La primavera llega antes que el verano. Un escenario terrible, pero previsible, es que en el verano se elija un presidente que se beneficie de un congreso débil. Como dicen Acemoglu y Robinson: instituciones débiles, naciones fallidas.
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Por mi parte, mi compromiso como senador de la República, ha sido y seguirá siendo trabajar para que las energías limpias avancen a través de una transición energética sólida y ordenada que llegue a todos los colombianos, especialmente a las comunidades históricamente excluidas
Para los países que apostaron a convertirse en fábricas de software, el mensaje es claro y poco amable. Competir solo por costo ya no es suficiente. El mundo no va a demandar millones de programadores junior escribiendo código repetitivo