Analistas

Sistemas agroalimentarios inteligentes

En estos días en los que las palomas vuelan en contra de la paz y las vacas comen oso a medida que la frontera agropecuaria sigue extendiéndose de manera innecesaria e irresponsable, la gente de las ciudades se pregunta “qué es realmente bueno para comer”. Como Marvin Harris en su famoso libro (Alianza, 1999). Nadie sabe ya si el gluten es venenoso, si el metal de la lata de atún se consume con el contenido, si la propaganda contra los transgénicos es solo una estrategia contra las corporaciones o realmente estos tienen incidencia en el bienestar humano. Reina la incertidumbre, especialmente en las ciudades, nichos de propaganda y pérdida de referentes acerca de los procesos productivos rurales, sean estos campesinos o industriales.

Ya es evidente la transversalidad de las políticas alimentarias y nutricionales del país con las de paz, salud y medio ambiente: cuando una gran parte de los alimentos deja de producirse localmente, acaba predominando en ellos el peso del petróleo utilizado en sus infinitos empaques y mecanismos de conservación química o transporte. La huella ecológica de la comida colombiana se extiende hasta el cinturón del trigo norteamericano gracias a nuestro apetito hispánico por el pan, y el consumo de productos importados de las más distantes regiones crece en desmedro de la producción local. Esto podría percibirse como un efecto colateral positivo para la conservación de la biodiversidad, ya que grandes áreas de economías campesinas en la alta montaña, en zonas de difícil acceso, han sido abandonadas los últimos 30 años. La densificación de vías de tercer nivel probablemente incida en la re-deforestación de la cordillera: efectos de la paz sin ordenamiento territorial.

La producción agroalimentaria de calidad, sin embargo, es una exigencia moderna para disminuir la vulnerabilidad al cambio climático, garantizar la restauración de la biocapacidad de los suelos y los procesos ecológicos vinculados, tales como la polinización silvestre, la regulación biológica de plagas y enfermedades o la disponibilidad de nutrientes y agua. En todo ello radica la eventual capacidad de producir comida con todo el sentido cultural que ello implica: en un escenario de sostenibilidad es imposible pensarla por fuera de un sistema de valores relacionales, es decir, pleno de cargas culturales positivas, de sentido del goce por lo propio, del disfrute de la variedad y de la posibilidad de prevenir la mayoría de problemas de salud derivados de las dietas industriales estandarizadas.

Pretender que la biodiversidad es un problema para la ganadería o la agricultura es renovar la visión colonialista del territorio, ignorando que el creciente deterioro de la salud ambiental redunda en mayores costos para la producción que se trasladan a los consumidores, las generaciones por venir o usuarios de la producción. Los sistemas agroalimentarios inteligentes buscan articular el conocimiento de las ingenierías nativas, las ciencias de la sostenibilidad y la oferta natural de la mejor manera, para entregar a nuestros hijos y nietos un territorio restaurado, limpio y altamente productivo. En los acuerdos propuestos en La Habana hay una oportunidad para impulsar esa transición a pesar de la  visión extremadamente convencional que los rodea.

Lo digo yo, que fui criada con amarillo 5 y toda clase de glutamatos, antioxidantes, preservativos, hormonas y emulsificantes, indudable fuente de algún efecto psicotrópico en mi razonamiento…