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¿Reconoceremos la sostenibilidad?

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En la normatividad ambiental colombiana existe un fuerte componente regulador tras el ejercicio de la política ambiental, la misma que debe proveer los lineamientos de ordenamiento de las actividades productivas, del uso de recursos naturales y de las transformaciones territoriales. Pese a ello y a las reiteradas afirmaciones de que el modelo de desarrollo nacional debe estar orientado a la construcción de sostenibilidad, no es para nada claro cómo la reconoceremos si es que llega, pues la perspectiva regulatoria no entiende el concepto de transición ni provee recursos para financiarla ni hacer monitoreo de los cambios requeridos.

En los debates acerca de licenciamiento ambiental, uso del suelo, proyectos e inversiones de desarrollo pareciera que no es solo la percepción pública la que está polarizada, ya que los instrumentos de planificación también acaban por presentar escenarios unívocos de acción, construidos sobre conocimientos que rayan con el dogma y no con la natural incertidumbre de las ciencias, traducida en experimentos, escenarios y decisiones acerca del nivel de riesgo que la sociedad está dispuesta a aceptar. En pocas palabras, la gestión ambiental pareciera que solo tiene dos respuestas posibles, como si todas las decisiones debieran seguir el camino único del licenciamiento.

En el fallo judicial acerca del cumplimiento de la sentencia de descontaminación del río Bogotá, por ejemplo, los tribunales hicieron requerimientos específicos y supervisan el cumplimiento de los planes acordados, convirtiendo su actividad en un proceso de acompañamiento legal. Sin embargo, es más la excepción que la regla: en Colombia, por ejemplo, toda actividad agropecuaria en los páramos quedó prohibida por Ley, sin consideración de la subsistencia de grandes comunidades de campesinos. No existen categorías intermedias de áreas protegidas con gente y la definición de cacería de subsistencia, para citar otro ejemplo, no ayuda para nada a reconocer o construir sistemas de aprovechamiento de la fauna silvestre: todo es prohibición o permisividad totales, no hay puntos medios. 

Por otra parte existen muchos mitos acerca de la sostenibilidad, construidos sin bases empíricas y más como resultado de visiones románticas o ideológicas de las relaciones sociedad-naturaleza. Por ejemplo, la “autosuficiencia” productiva a pequeña escala como modo de vida que puede restringir el acceso de muchas personas al disfrute de las innovaciones tecnológicas o de sus libertades plenas. A menudo, el discurso ambientalista privilegia la ruralidad bucólica desde sus imaginarios urbanos, sin cuestionar el bienestar material que los inspira. La tranquila vida del campo, que añoran y suspiran, nunca existió: confunden su descanso dominical con la dura vida rural. 

La sostenibilidad no es una propiedad de los sistemas que se exprese en una sola escala. Lo que puede parecer sostenible en lo local tiene repercusiones muy negativas en lo global y viceversa; esa es la naturaleza de los sistemas complejos, los beneficios o perjuicios del manejo ambiental no se acumulan linealmente, hay multiplicidad de vasos comunicantes. El carro eléctrico, por ejemplo, implica una gran huella ecológica en su producción y ocupa el mismo espacio en una carretera. 

¿Estaremos listos para reconocer la sostenibilidad y aceptar que las soluciones basadas en el buen manejo de la biodiversidad ya se están inventando, a menudo en contradicción con nuestros prejuicios?

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