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Hay jaguares

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Desde 1922 se posicionó una famosa marca de autos británica con el ícono del jaguar, un animal exclusivamente americano que fue apropiado como símbolo de poder y de fuerza por la empresa, sin que probablemente ninguno de sus actuales propietarios tenga idea de lo que significa el felino en la ecología, la historia y la cultura colombiana… donde lamentablemente los escudos de dos departamentos ostentan orgullosos tigres de Bengala de la India, en una heráldica obtusa y colonial. O peor, donde el carnaval de Barranquilla consagró al mismo felino en su iconografía, evidencia del error histórico de llamar “tigre” a lo que nunca lo fue.

El jaguar americano es uno de los depredadores más formidables del planeta y el verdadero “organizador” de la funcionalidad ecológica del territorio. Así lo reconocieron siempre los pueblos prehispánicos y por ello en sus visiones la legitimidad cósmica se construía sobre el arquetipo del hombre-jaguar. La persistencia de esta magnífica especie representa también el símbolo más importante de la capacidad de gestión ambiental de la sociedad contemporánea: si hay jaguares, es que estamos haciendo las cosas bien.

Y hay jaguares, como nos revelan cada vez con mayor precisión las cámaras trampa en casi en todo el territorio nacional. Vigilándonos, circulan representantes de las últimas generaciones de un animal que requiere no cientos sino miles de kilómetros cuadrados de selvas interconectadas para sobrevivir, un reto que ha asumido la organización internacional “Panthera” de manera decidida, con el apoyo de grandes donantes y los mejores expertos internacionales en el tema (panthera.org).

Algunas empresas colombianas comienzan a entender que nuestra fauna no es “de segunda” como expresan las mentes educadas por el imaginario de los cazadores europeos en África, una tradición ajena a nuestros modos de vida, pero en mala hora entronizada por los medios masivos de comunicación. Necesitamos que haya jaguares en las estrategias de gestión ambiental del territorio, y anacondas y manatíes y monos titíes, porque eso somos nosotros y si lo entendemos tendremos abierto un espacio diferencial de competitividad, parte de la sostenibilidad.

Por el contrario, si desaparecen los jaguares, será el indicador del fracaso cultural de nuestro proyecto de vivir en Colombia: las inversiones en manejo sostenible del territorio, provenientes de compensaciones, planes de negocios o contribuciones voluntarias derivadas de campañas o compromisos sociales y ambientales, deberían ser reconocidas por el público como parte de una economía comprometida con la salud de los ecosistemas de los que dependemos todos, por ello es tan importante la forma de representar esa interconexión.

Bienvenidas iniciativas como la del “Corredor Jaguar” que muchas autoridades ambientales están apoyando y que cuentan con el apoyo de empresarios y organizaciones orgullosas de nuestra biodiversidad. Bienvenido además el gesto de la Fuerza Aérea de Colombia que hace poco adoptó el águila harpía como su símbolo, indicando que para volar alto tenemos las mejores capacidades del mundo.

Habrá que ver si logramos posicionar el resto de nuestra inmensa biodiversidad en el corazón de otras iniciativas culturales y comunicacionales del país, para dejar de una vez por todas de sentir envidia o frustración cuando se nota que los dirigentes de este país tienen su mente y su corazón en otra parte.

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