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Guerras de fuego

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Brigitte Baptiste

Habiendo quemado el norte global el petróleo y carbón que intoxicaron la atmósfera, se dispone el sur a una retaliación suicida quemando las grandes selvas ecuatoriales con el argumento de la justicia global. Hay que ser muy majadero para usar la selva y la biodiversidad de rehén. Equivale, como diría Gustavo Wilches, a vender un riñón para comprar la máquina de diálisis… y no tener dónde conectarla, añadiría. Les pasa lo mismo a los colonos colombianos impulsados por oscuros capitales cuando sirven de brazo con motosierra a los intereses del narcotráfico y el latifundio, impulsados por la búsqueda de equidad a talar el patrimonio de sus propios hijos.

Los incendios de la Amazonia brasilera, la chiquitania boliviana o el chaco y el pantanal paraguayos no fueron originados por la temporada seca. De hecho, se sabe que el fuego es el instrumento por excelencia para conquistar y reclamar tierras públicas o derechos colectivos establecidos en torno a la funcionalidad ecológica de la selva, un bien común. En el caso de estos países y de Colombia, el fuego no solo es un instrumento de guerra contra la vida silvestre, poco valorada en las economías especulativas de corto plazo, sino contra los pueblos indígenas y las comunidades locales: es una guerra contra la diferencia, contra el Estado de Derecho, a favor del enriquecimiento de autoridades y gobiernos cooptados o controlados por el capital corrupto.

Estas guerras del fuego cierran 70.000 u 80.000 años de incineración planetaria y el fin de la conquista pirómana de la Tierra, alcahueteada por los que convenientemente niegan la ciencia y los derechos de la sociedad al futuro. Se podría hacer la secuela de la película de Jean Jacques Annaud (1981) con la imagen satelital del mundo encendido, donde nadie reconoce haber prendido la mecha, para entender el fin de una era: la civilización.

Gran parte de los paisajes “pelados” de las montañas andinas son el resultado de incendios en el siglo XIX o XX de los que ya nadie tiene memoria y que normalizaron la destrucción del suelo y la vegetación, incapaces de recuperarse en pendientes inclementes donde cada aguacero lava lo poco que las bacterias, los hongos, los bichos y el viento tratan de hacer para restaurar la vida. Todos los sitios de nacimiento se quemaron hace décadas y la roca expuesta es visitada de vez en cuando por las aves o las cabras, capaces de ruñir un líquen. Las sabanas del Caribe fueron conquistadas a sangre y fuego, desecadas hasta el borde mismo del río, cada vez más un depósito de arena. Las del Orinoco, también, aunque hace 6.000 o 7.000 años, cuando los primeros pobladores descubrieron que la fauna se podía acorralar con el incendio: de ahí la práctica de quemar la sabana una o dos veces cada década. Los páramos no corrieron mejor suerte y aún hoy en día arden cada temporada seca para proveer un mísero rebrote a las vacas y ovejas de los más pobres, cómplices necesarios del incendio anual.

El fuego hace parte de la dinámica de muchos ecosistemas, pero dosificado por la adaptación, no por la codicia. Hacer de la quema del mundo un instrumento de “desarrollo” solo cabe en las mentes de los señores feudales que en su cualidad zombi tratan de imponernos su pasado. Que no nos pase en Colombia ahora que nuevamente se avecina la estación seca y los feroces se aprestan a burlarse de un Estado que, aunque débil, manifiesta sus intenciones y compromiso de proteger la selva. Amén.

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