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Estabilizar estacionalidades

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Que “Colombia es un país sin estaciones porque está ubicada en la zona tórrida” era una de las letanías escolares con la que fui formada, mientras el vallenato romántico insistía en hablar de la primavera y Medellín la convertía en eterna, evidenciando la transferencia lingüística de visiones coloniales de los ciclos climáticos. Entretanto, las temporadas de lluvias iban y venían empujadas por los alisios, los ríos crecían o decrecían, los “veranos” y los “inviernos” marcaban el movimiento de las vacas entre la sabana y la ciénaga, los pescadores salían a vivir en las riberas aprovechando la subienda de peces, las cosechas cafeteras definían la migración de trabajadores del campo. Hoy día, incluso en nuestro Ecuador astronómico, en medio de la selva, pueblos indígenas disfrutan del “sol de piña” o del “tiempo del caimo” para referirse a la estacionalidad ecológica que marca el calendario de bailes y fiestas en las malocas, el ciclo de la chagra, el goce de cada día.

Curiosamente, el paso de las estaciones en la región ecuatorial sigue representando un desastre económico y social, y la capacidad predictiva de las ciencias, instalada hace décadas, es motivo de diversión y desconfianza popular, pues exigimos a los expertos que predigan con precisión si va a llover el domingo en la fiesta campestre de los cuñados (algo imposible), cuando se desesperan tratando de explicar el advenimiento inexorable de las grandes sequías o inundaciones. Nuestra cultura progresivamente urbana se limita a juzgar su cuota de felicidad diaria por la presencia de nubes, que distingue un día “bonito” de uno maluco. Pensaría uno que los productores de energía, de leche, de papa o de tilapia han integrado la variabilidad climática interanual en sus esquemas de planificación y, con un mínimo de confianza en sus propias experiencias y la sistematización de datos de la ciencia, no se precipitan de cabeza al desastre cada vez que llega “El Niño” o “La Niña”, pero no. 

Parte de la incapacidad de adaptación que nos afecta es la pretensión de que el Estado estabilice las ofertas por encima de las cualidades de los ecosistemas: necesitamos agua y energía persistente, a cualquier costo, o colapsamos. Y es al contrario, las estacionalidades, que se acentuarán, no se reflejan en los mecanismos isomorfos que el mercado ya había establecido para adaptarse a ellas: los precios. Por eso, las fórmulas para calcular el precio de la gasolina son inescrutables.

El manejo, no la supresión de la estacionalidad, ha sido la clave de la adaptación de todos los pueblos del planeta y por ello surgieron las ciencias, sean estas griegas o wayuu. No se entiende entonces cómo nos precipitamos al colapso año tras año y gastamos en las reparaciones de los daños más de lo que ganamos a menos que haya algún mecanismo perverso actuando y las razones de esas ciencias deban hacerse a un lado discretamente, para favorecer las “maladaptaciones” que se incrustan en una cultura de reestructuración de deudas privadas con cargo a lo público y de cosechas de contratos de reconstrucción, esas sí, regulares y predecibles entre quienes viven del mal ajeno y la distribución inequitativa del riesgo y el desastre.

Harían bien las compañías de seguros en contratar ecólogos, no solo matemáticos, pues los colapsos que nos afectarán en las décadas por venir serán, cada vez menos, producto de la estacionalidad de un clima que sabemos hacia dónde va, pero más, por las guerras promovidas por quienes instalan la vulnerabilidad.

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