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“La historia no se repite, pero rima” es una frase que repito con frecuencia. Me permite mantener la perspectiva cuando el ruido de las redes sociales me aturde. Me recuerda sacar la cabeza de las pantallas, inundadas de historias sensacionalistas que confunden, y analizar estos momentos trascendentales con un foco en sacar provecho de lo que se mantiene constante, en lugar de angustiarme por no estar preparado para lo que no puedo prever.
La Pax Romana es entendida como un período de alrededor de 200 años durante el cual Roma gozó de una prosperidad extraordinaria. Fue la era dorada del imperio, impulsada por la estabilidad y la continuidad política, por una inversión superlativa en infraestructura —para que “todos los caminos llevaran a Roma”— y por una bonanza comercial que aprovechó un mar Mediterráneo pacificado gracias a su superioridad militar.
La Pax Americana, que ha durado alrededor de 80 años desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, se caracteriza por la ausencia de conflictos armados a escala mundial, por una integración económica global y por la creación de instituciones internacionales, como las Naciones Unidas, para resolver disputas a través del diálogo y la diplomacia.
En ambos casos, durante esos períodos hubo una mejora en la riqueza per cápita de la humanidad. En promedio, las métricas de bienestar siguieron una trayectoria positiva para la población impactada. La integración económica, la cooperación interregional y la estabilidad sociopolítica derivaron en condiciones de vida más favorables para las naciones involucradas.
La estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos, recientemente publicada y denominada por algunos analistas como la “Doctrina Donroe” —en alusión a Donald Trump y a la histórica Doctrina Monroe—, se desmarca del rol de “policía global” y se enfoca en solidificar la unidad y amparar la seguridad del continente americano. Considera el comercio no solo como una fuente de prosperidad, sino también como el fundamento de la paz. Define como prioridad, en sus relaciones con aliados, el interés y el compromiso de trabajar conjuntamente en busca del beneficio económico y la protección de la seguridad nacional. Es una aproximación pragmática que promueve la integración hemisférica basada en inversión, comercio y estabilidad: una secuela de la Pax Americana, pero a nivel continental, una Nova Pax Americana.
Colombia puede salir beneficiada de esta estrategia: cooperar y ganar. Tiene una posición geográfica privilegiada y ventajas comparativas significativas. Está en el centro del continente, lo que le permite ser un enlace aéreo entre el sur y el norte. Cuenta con puertos en ambos océanos, que facilitan la conexión con estados estratégicos como California, Texas y Florida. Posee recursos naturales —hidrocarburos y minerales— cruciales para abastecer la ambición industrial de Estados Unidos. Es el tercer país más poblado de la región y el segundo más habitado de habla hispana, lo que lo convierte en un mercado de consumo relevante. Su población es creativa, ambiciosa y resiliente; cuna de excelentes emprendedores y ejecutivos.
En inglés existe una expresión que dice: “When in Rome, do as the Romans do”, que, traducida con cierta liberalidad, significa adaptarse a la situación. En un mundo en el que Estados Unidos está mirando hacia el sur y comprendiendo, como país, los beneficios que traen el comercio, la estabilidad y la seguridad, vale la pena que, como sociedad, busquemos alinearnos con los intereses estratégicos del país más próspero y poderoso de la región.
Hacer parte de la Nova Pax Americana puede ser el motor de desarrollo que nos brinde décadas de crecimiento, avance económico y mejores condiciones de vida. Mi sugerencia, en latín: Carpe diem; y en español: aprovechemos el momento.
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