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En modo virtual

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Brigitte Baptiste Rectora de la Universidad Ean

Hay algo de belleza trágica en el ralentizar del mundo causado por el Covid-19, como algunos poetas de las redes cantan. Un insignificante trozo de ADN autónomo mutante demostrará que es posible reducir las emisiones de CO2 por fuera de los tratados internacionales; que los humanos no dominamos las fuerzas complejas de la evolución de las cuales creemos habernos sustraído; que al menos por un tiempo, un regalo inesperado de las circunstancias, debemos quedarnos quietos.

La cascada de cancelaciones de eventos, saludos, vuelos y discursos públicos nos llega como señal de un pequeño apocalipsis, un evento disruptivo de alcance global que con un pequeño grado adicional de letalidad en la ruleta molecular habría traído otro nivel de colapso. Entretanto, las relaciones ecológicas de las demás especies se reestructuran ante la nueva atmósfera, los eventos climáticos extremos y los hábitats emergentes, y crean innumerables e imprevisibles cables sueltos…

La respuesta humana también alcanza proporciones inimaginadas: millones de ciudadanos recluidos; amistades y lealtades puestas a prueba; la responsabilidad de cada quien retada; el acatamiento a las decisiones de los líderes, electos o no, una decisión capaz de traer vida o muerte en cuestión de días. Pero también demuestra perspectivas adaptativas: obliga a poner en práctica aquellas pequeñas pruebas de educación y comunicación virtual y las redes de teletrabajo en lento desarrollo que reaccionaron en cuestión de horas e impusieron un nuevo régimen de actividad, donde el mundo entenderá que se pueden hacer cosas sin que la presencia del santo haga el milagro, esa terrible costumbre que nos hace desperdiciar horas moviéndonos en el trancón para cumplir citas o participar de reuniones frustrantes. Un prólogo a la realidad virtual.

En pocos años habremos dejado de tocar muchas cosas y muchas personas sin el guante de la tecnología. El mundo será recreado en la matrix para operar ciertas cosas, añadiendo una capa de complejidad a la realidad, con sus cosas buenas y sus cosas malas; así ha funcionado la evolución desde el inicio de los tiempos, plegamiento tras plegamiento, un nivel adicional en la estructura crecientemente multidimensional de las cosas. Tal vez la señal más clara de especiación cultural entre humanos: aquellos que no están dispuestos a seguir la línea del carbono híbrido, aquellos que reclaman aún su pureza. Quién sabe.

Los microorganismos mantienen las redes biológicas globales tan íntegras y flexibles como eventualmente harán las 5G con las mentes del Antropoceno, que si son responsables entenderán que el primer gesto de sus nuevas capacidades no es continuar la guerra, sino ejercer la compasión por el mundo, totalmente a su cargo así algunos le recen a la madre Tierra: el espíritu ecológico de la complejidad es tan irreal como el de las religiones y Gaia, como reclama Lovelock pidiendo respeto por su teoría, no existe, es una imagen metafórica de los procesos de retroalimentación atmosféricos y biológicos globales. Hay que leerlo bien y a Lynn Margulis, atrapados por la metafísica barata del populismo y la mala poesía.

Nada tan contundente como un evento viral para reconsiderar nuestra condición humana material y nuestras relaciones con el mundo. Pueda ser que algo de ecología se nos quede, aunque la politización ideológica de la ciencia la esté convirtiendo en panfleto de las izquierdas o derechas iletradas. En esas realidades, lo virtual reorganizará el Planeta.

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