Analistas

Educando a Pangasio

Hay más de una controversia crítica en términos de gestión de biodiversidad, seguridad alimentaria y nutricional, desarrollo rural y alivio de la pobreza.

El tema de las semillas y el derecho de intercambiarlas, transplantarlas o mejorarlas lidera el debate, pero no es el único. La cacería de subsistencia, el rancheo o cosecha de animales del medio natural, y la creación de sistemas productivos sostenibles basados en fauna silvestre son un tema casi tabú en Colombia, lleno de prejuicios y afirmaciones sin fundamento, tanto por parte de los “defensores del medio ambiente” como de los “terribles depredadores”. 

La paradoja del animalismo urbano es tremenda: los gatos y perros son una de las causas de destrucción más grave de otras especies, pero nos concentramos en sus derechos sin atribuirles deberes. 

Vacas, cerdos, cabras y gallinas son también animales domesticados por pueblos diferentes a los nativos de América e introducidos desde Europa a partir del siglo XVI. Pocas personas se imaginan estas especies en su medio natural o siendo parte de un ecosistema silvestre del cual habrían sido extraídas no hace más de 15.000 años en general. Sería muy difícil además pensar la vida cotidiana sin ellos, aun cuando hay muchas regiones y culturas que lo hacen, y que, dicho sea de paso, tampoco comen “verduras” para garantizar su salud, un cuento bien armado que puede ser gozoso para el paladar pero es innecesario para la nutrición: sugerir que se ha de cultivar y consumir lechuga y zanahoria en todas partes resuena a programa de fomento agropecuario colonial.

Contamos en nuestro extensísimo sistema fluvial y lacustre con más de 1.500 especies de peces de agua dulce (sibcolombia.net) que fueron por milenios la principal fuente de proteína, y hoy en día la única disponible para otros miles de pescadores.

Se requerirían billones de pesos para sustituir el aporte espontáneo de la naturaleza a estos colombianos así en muchos casos venga con mercurio y diversidad de parásitos y patógenos provenientes de la ausencia de tratamiento de los vertimientos urbanos. Pesquerías en crisis también por la interrupción hidroeléctrica de las subiendas (y bajanzas), migraciones típicas de los peces que requieren nadar arriba y debajo de los ríos para completar sus ciclos de vida, cada vez más ajenos al conocimiento urbano de quienes compran filetes congelados y no tienen cómo reconocer qué están comiendo, de donde viene, qué significa. Proteína globalizada en salsa, respuesta industrial a una demanda cada vez menos educada, a la que le venden basa por mero, caimán negro por bagre pintado. 

La simplificación deliberada de nuestra dieta, la destrucción de las tradiciones culturales que identifican el territorio como fuente de vida, entendida no como una pradera o un lago interminable que suministra materias primas sin nombre ni cualidades es otro signo de empobrecimiento, encubierto por los espejos de la publicidad que siempre parece ofrecer cosas nuevas. Incapaces de ver nuestro país como un territorio lleno de sorpresas estimulantes, de retos y oportunidades gozosos de crecer y disfrutar algo más que la “alimentación” con productos concentrados que nos convierte en mascotas, hemos pasado de tener en la mesa un pez distinto para cada día del año, a conformarnos con tres o cuatro, importados, naturalizados, e insistimos en convertir la riqueza biológica nacional en un paisaje de gallineros industriales de peces, algunos de los cuales inevitablemente escapan y, como buenos comedores de todo (condición para asegurar la rentabilidad al menor costo de alimentación), se comen todo: ranas, peces nativos, insectos que cuando adultos emergerán para mantener el mundo andando, toda la fauna.

Ocasionalmente también como trucha y tilapia. Pero conozco y disfruto el pintadillo, la curbinata, el bocachico y decenas de peces que comen frutos y hormigas en las selvas inundadas, trayéndonos la variedad de sabores más exquisita que cualquiera pudiese desear: la dieta ecuatorial tiene peces para todo el año, al decir de María Clara van der Hammen y Carlos Rodríguez, de la Fundación Tropenbos (Revista Cespedesia, 1996). 

Cuentan que algunos viejos sabedores de la selva viajaron hace poco al medio oriente, invitados por un emir. A su regreso del arenal,  exclamaron, impresionados: “es una pena, esa gente es tan pobre, que sólo tiene petróleo”.