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Analistas 05/12/2025

Golpear no es educar

Juan Manuel Nieves R.
Estudiante de Comunicación Política
JUAN MANUEL NIEVES

La reciente ola de testimonios en redes sociales -desatada por un usuario que decidió narrar cómo había sido maltratado por sus padres- destapó una olla que llevaba décadas hirviendo en silencio, lo que comenzó como una confesión personal se convirtió en un torrente de historias desgarradoras: madres frustradas que descargan su rabia en sus hijos, padres incapaces de controlar su ira que golpean a los más pequeños, hogares donde la bofetada es rutina y el grito sustituye al diálogo. La catarsis colectiva dejó al descubierto algo que muchos sospechamos, pero que preferimos no mirar de frente: en Colombia existe una crisis profunda y silenciosa de maltrato infantil.

Entre 2019 y 2025, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (Icbf) abrió más de 137.600 Procesos Administrativos de Restablecimiento de Derechos (Pard) por violencia contra menores, la mayoría de ellos dirigidos a niñas y adolescentes mujeres. En 2023, miles de casos adicionales de maltrato físico, psicológico y abuso sexual fueron atendidos por entidades de protección, mostrando que el problema no solo es persistente, sino creciente. Cada cifra es un niño, una historia, una vida marcada para siempre.

Pero más allá de las estadísticas, hay testimonios que duelen más que cualquier número; una exnovia a la que aprecio mucho, me contaba que su madre le pegaba prácticamente todos los días cuando era niña; no lo decía con resentimiento, sino con una tristeza resignada. Me confesó que uno de los días más felices de su infancia fue aquel en el que, por primera vez en mucho tiempo, no le pegaron, ese fue su motivo de alegría. Historias como la suya, o como las miles que se compartieron en redes, muestran el lado más cruel del maltrato infantil: niños que celebran la ausencia del dolor, niños que aprenden a agradecer lo que nunca debió pasar, niños que creen que el amor viene acompañado de violencia.

No se trata solo de hogares pobres o vulnerables, el maltrato infantil en Colombia tiene raíces mucho más profundas: un país marcado por décadas de conflicto armado, frustración cotidiana, estrés económico, ausencia de apoyo institucional y una cultura que, por generaciones, normalizó el golpe como herramienta educativa. Frases como “así me criaron a mí”, “la letra con sangre entra”, “el niño que no llora no crece” siguen justificando agresiones que, además son inútiles.

La violencia contra los niños es también fruto de adultos desbordados emocionalmente, de frustraciones que no saben manejarse, de traumas heredados, de un entorno social donde la violencia es moneda corriente, Y lo más grave: de un Estado que, aunque ha avanzado, sigue llegando tarde. El Icbf, la Defensoría, los colegios, los centros médicos… todos hacen esfuerzos, pero la capacidad institucional es insuficiente frente a la magnitud del fenómeno, el abuso no siempre deja huella visible, y cuando deja huella emocional, casi nunca se denuncia.

La respuesta no puede ser solo institucional, necesitamos un cambio cultural, reconocer que educar no es golpear, que corregir no es humillar, que un niño no es propiedad de sus padres, sino un ser humano con derechos, que nuestra sociedad requiere programas de prevención, acompañamiento psicológico, formación en crianza respetuosa y sanciones reales para los agresores. Y, sobre todo, que debemos denunciar y proteger, no mirar hacia otro lado.

Golpear a un niño no es educación: es violencia. Y mientras Colombia no entienda esto -mientras siga celebrando la “mano dura” en casa- seguiremos condenando a nuestros niños a crecer con miedo; es hora de romper el ciclo, porque quien hiere a un niño no solo destruye su presente: destruye el futuro del país.

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