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Esta mañana, de camino al trabajo, escuché en la radio el sorprendente e inspirador discurso del Empresario del Año, el antioqueño David Vélez Osorno. Al recibir el reconocimiento como Empresario del Año, David dejó una frase que merece quedarse en el centro del debate económico y político colombiano: las sociedades prosperan cuando los ciudadanos tienen la libertad de crear riqueza dentro de instituciones estables.
En América Latina discutimos con obsesión un chascarrillo viejo y poco útil: el de cómo repartir la riqueza, pero ignoramos la discusión realmente trascendental para cambiar la vida de una nación: cómo se crea la riqueza. Recordaba Vélez una realidad indiscutible: la riqueza no nace de los decretos ni de las consignas, sino del riesgo, de la innovación y de la voluntad de construir sueños traducidos en empresas.
Ese mensaje tiene una resonancia especial en Antioquia, una región cuya historia económica podría leerse como una larga demostración de esa idea.
Mucho antes de las startups tecnológicas, los empresarios antioqueños ya estaban inventando instituciones económicas desde la montaña. No tenían grandes capitales ni mercados sofisticados, pero sí algo más poderoso: una ética del trabajo y una cultura empresarial profundamente arraigada.
Uno de los símbolos de ese espíritu fue Gonzalo Mejía, impulsor de proyectos como la aviación, el cine y la industrialización regional. Mejía entendía que el progreso no es un accidente histórico: es más bien el resultado de la decisión de quienes se atreven a construir. Ese mismo espíritu animó a José María Acevedo, fundador de Haceb, quien desde un pequeño taller en Medellín apostó por la industria nacional hasta convertir su empresa en una de las más emblemáticas del país.
Sin embargo, sería un error pensar que la historia empresarial de Antioquia está hecha únicamente de grandes nombres. En realidad, la verdadera fuerza económica de una sociedad está en miles de historias pequeñas que rara vez aparecen en los libros. Está en el peluquero que abre su primera barbería soñando con ampliarla algún día. En el tendero que comienza con un mostrador sencillo y termina abasteciendo a todo un barrio. En el taxista que compra su primer carro y poco a poco construye un pequeño patrimonio familiar. En el comerciante que abre su local con la esperanza de que el trabajo disciplinado le permita crecer. Todos ellos participan de la misma lógica creadora. Todos, en su escala, son empresarios. Y todos forman parte de ese ecosistema del que hablaba David Vélez cuando advertía que el verdadero poder transformador no está en una sola empresa extraordinaria, sino en una sociedad capaz de producir miles de ellas.
En otras palabras, el desarrollo no solo depende de héroes individuales. Depende también de instituciones que permitan que el talento y el esfuerzo florezcan en todas las escalas de la economía.
Esa idea tiene algo de economía política, pero también algo de poesía. Porque hace décadas Jorge Robledo Ortiz describía al pueblo antioqueño con una imagen que hoy parece escrita para el espíritu empresarial: la de una comunidad que abre caminos en la montaña.
Abrir caminos, en términos económicos, significa exactamente lo que han hecho durante más de un siglo los empresarios de esta región: crear empresas donde antes no había nada, construir mercados donde antes solo había incertidumbre y apostar por el futuro cuando todavía parecía improbable. Esa es la verdadera poesía del desarrollo. Una poesía que no se escribe con versos, sino con talleres, con negocios, con empresas, con innovación y con la decisión de miles de personas de asumir el riesgo de emprender.
Tal vez por eso el mensaje de David Vélez resulta tan pertinente para el momento que vive el país. Si Colombia quiere prosperar en la economía global, si Colombia quiere, de verdad, que su gente salga de la pobreza, no basta con celebrar a los empresarios exitosos. Necesita construir las instituciones, la estabilidad y la cultura que permitan que aparezcan muchos más. Porque antes de gastar el tiempo con discusiones ideológicas sobre cómo redistribuir la riqueza, una sociedad debe aprender a crearla. Y en esa tarea, como lo ha demostrado durante generaciones Antioquia, los empresarios -grandes y pequeños- siguen siendo los grandes abridores de camino.
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