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Ecologías de escala

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Así como en la producción industrial se aprovechan las oportunidades de disminución de los costos por unidad fabricada en la masificación de ciertos procesos, también la gestión eficiente de la biodiversidad y los servicios ecosistémicos se beneficia si entendemos y operamos en escalas agregadas.

 
Hace un par de décadas una de las propuestas de fortalecimiento del trabajo campesino eran las llamadas “Granjas Integrales Autosuficientes”, un experimento agroecológico que enfatizaba la producción y consumo autóctono de alimentos limpios, minimizando la dependencia de una asistencia técnica que, aún hoy, trabaja para  las cadenas comerciales de agroquímicos y no para la gente. Algunas de esos experimentos evolucionaron para convertirse en reservas ecológicas privadas, otras en centros agroturísticos o recreacionales, algunas más en experiencias de vida de ecología profunda. Ninguna, sin embargo, funciona como sistema de producción de alimentos viable, ya que operan como estrategia de guerra; son apuestas de supervivencia mínima. Falta asumir a fondo que los procesos ecológicos y sociales no provienen de la suma de autarquías, por más utópicas y bien intencionadas que sean y se requiere acción colectiva, mediada por instituciones informales, el Estado o por el mercado. Esas son las enseñanzas de la premio Nobel Ellinor Ostrom, desarrolladas a fondo en el país por el profesor Juan Camilo Cárdenas (Dilemas de lo colectivo, 2009, Ed. Uniandes). 
 
Siguiendo con el paralelo, el desarrollo empresarial requiere un balance entre la innovación competitiva y la construcción de gremialidad, de manera que se haga una gestión eficiente de los recursos tanto dentro de cada unidad productiva como en aquellos aspectos en los cuales el interés común lo requiere. En la producción agropecuaria, el manejo del territorio se ha quedado entrabado en el falso dilema, al menos en términos ecológicos, de que la propiedad de la tierra define y decide su forma de manejo: las propiedades ecosistémicas de las cuales depende todo se expresan a escalas determinadas que no pueden ser modificadas por el alambre de púas o el paquete tecnológico. El margen de operación de cada agente agroecológico o unidad productiva es mucho menor del que muchos inversionistas creen, especialmente en aquellos plazos en los que se expresan las propiedades ambientales de la sostenibilidad, es decir, en el mantenimiento de suelos y aguas saludables, del control biológico espontáneo y gratuito, en la provisión de material genético sano para la innovación, entre otros. 
 
La acción colectiva para el manejo de la ecología agraria es un imperativo y en Colombia deberíamos pensar más en estrategias de innovación social que lo permitan y fortalezcan, que en el simple ejercicio de determinar quien es dueño de qué porción del territorio. Son las formas de producción las que definen la sostenibilidad social y ambiental, no la competencia financiera de agentes “racionales” que lo hacen, a veces basados en evidencia científica (la agroindustria moderna), otras empírica (las tradiciones y prácticas productivas de las comunidades), otras meramente viabilizados por la especulación y la corrupción (los narcocultivos). 
 
Así las cosas, la discusión de la UAF en Colombia, por ejemplo, requiere una consideración profunda de las características ecológicas del territorio, que actúan como determinantes de los modelos productivos que potencialmente se pueden implementar bajo principios de eficiencia ecológica y justicia social. En ese sentido, tanto las reservas campesinas como los resguardos indígenas o los territorios de Ley 70 constituyen formas de gestión que previenen la enfermedad de la competencia mercantil que fragmenta y hace inviable el manejo ecológico a la escala adecuada. Pero también las agremiaciones y mecanismos cooperativos que operan en lógicas de competencia son viables e interesantes, si renuncian a la viabilidad subsidiada, invierten una porción sustancial de sus recursos en gestión ambiental, y entiendan que la actividad productiva no busca consolidar territorios “de la cerca hacia dentro”, pues ni los procesos biológicos ni los sociales se detienen en ellas. 
 
Queda delimitado el gravísimo problema de la reconversión ecológica y social de los desiertos bananeros, cañeros o soyeros, del latifundio especulativo ganadero, del arriendo papero o arrocero,  o de una caficultura empresarial sin mucha ecología… En fin, del modelo de plantación que, heredado de la colonia, creía poder controlar el mundo adentro de unos linderos.
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