Analistas 28/04/2020

Día de la Tierra… peligrosa

Esta semana que pasó celebramos el Día de la Tierra, una efeméride moderna cuyo propósito es recordar los vínculos de nuestra especie con el planeta que habitamos. Podría ser un día para sentir la Tierra en nosotros, también, vibrante, cataclísmica, incierta, sin más dioses que los que ella misma engendró: la Gaia mítica, que albergaba en sí la fecundidad, la lujuria, la sabiduría. Una feminidad que se fue desplegando en sus descendientes, el cielo estrellado, el océano profundo, el tiempo terrible y el amor, en la figura de Afrodita. Si aún fuésemos paganos diríamos que de su vientre surgió ayer el virus que nos persigue y por el cual buscamos protección ante los dioses, pues la Madre Tierra parió otro demonio.

Quienes venden arepas con queso por la calle, sin embargo, temen más a otros engendros: el hambre y la pobreza, hijos huérfanos de la discordia. Por eso aceptan encerrarse por unos días si les llega la comida que no pueden garantizar a sus familias, pero se alzan rápido, pues el hambre también es sobrina de la guerra y hay quienes pretenden cosecharla para sus ejércitos del futuro.

En la película Matrix, las máquinas adoptaron el papel “protector” de la humanidad, reduciéndola benévolamente a la inconsciencia, para utilizar su cuerpo como pila a cambio de una ficción compartida a la que las personas aceptaron llamar realidad, tras muchos experimentos. Podría decirse que la tecnología redujo a sus creadores al sueño perpetuo, la alienación satisfactoria del placer de “vivir”, curiosamente nunca desaforado, como podría haber sido: los algoritmos de la lujuria, protectores de Mr. Smith, el virus informático que devora el universo, no entienden nada de sí mismos.

El Estado contemporáneo se debate entre la necesidad de encerrar a sus ciudadanos para protegerlos, o liberar a los que encerró en las cárceles… para lo mismo. Se debate entre la figura maternal que abraza sus hijos contra los monstruos, pero no los deja respirar, corriendo el riesgo de ahogarlos o hacerse odiar, y la figura paternal, que los manda a trabajar armados con escudos y consejos, pero sin perderlos de vista para que regresen con el producido a casa. Nada cambia mucho, somos la misma humanidad que vive y se debate en torno a los riesgos que el mundo y su parentela generan, las erupciones, las langostas, Chernobyl, el calentamiento global. La libertad es siempre la cualidad que media esa conversación: en medio de la Terrible Tierra, qué tanto delegamos en los héroes la defensa de los desvalidos, qué tanto, a costa de su dignidad, los protegemos, qué tanto, sin arrebatársela, los levantamos. ¿Reactivar la economía de patrones y empleados? ¿Encerrarlos a todos entre el teletrabajo y la robótica? ¿Hay algo distinto, que no sea la trampa de Circe?

El mundo es un lugar peligroso por definición y pretender vivir sin correr riesgos anula nuestra capacidad creativa, nuestra lucha por encontrar sentido a lo cotidiano. Ulrich Beck planteó la paradoja de las extremas libertades que hemos construido y las extremas dificultades para tomar las decisiones correctas, una desazón derivada de la mala educación, diseñada para que alguien más decida por todos: la fuente de los fascismos, incluido el ecológico. La ética del cuidado y los ecofeminismos nos previenen, pues sabemos que la Madre Tierra es una figura terrible, generosa y pavorosa a la vez, a la que podemos invocar en nuestras fiestas… pero no más de un día al año, por favor.