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De la filantropía a la sostenibilidad

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Brigitte Baptiste Rectora de la Universidad Ean

Uno de los resultados más interesantes de la ‘cuareterna’ ha sido la discusión en torno al sentido y prioridad de todas las cosas que hacemos. A medida que se evidencia la relatividad de los consumos y la complejidad subjetiva al definir nuestras necesidades, estamos en capacidad de pensar de nuevo en el destino de las inversiones de lo que llamamos filantropía, ese gesto voluntario y generoso que por razones éticas y estéticas hacen las personas y las empresas, inicialmente a partir de una reorientación de los excedentes de producción.

Se ha agudizado la discusión acerca de las inversiones en las artes, las más vulnerables y damnificadas hasta el colapso, pero también en la recuperación de las peluquerías o los rumbeaderos, puestos en el mismo rasero por una molécula que usa las galerías y los teatros, los salones de belleza o las celebraciones para saltar de humano en humano.

Aún tratamos las artes como un lujo que se dan las sociedades en la abundancia y pensamos que nos volveremos a hacer cargo de ellas “cuando esto haya pasado”, como si la música, el teatro, la pintura, la escultura y la literatura no fuesen realmente la mayor expresión del sentido de la vida. ¿Hay mínimos vitales de alimento para el alma?, cabría preguntarse. ¿No son las civilizaciones, por definición, la obra de arte colectiva que deberíamos producir cada día todas las personas? ¿No es la reflexión estética permanente la garantía de no caer en garras de los proyectos autoritarios de los ‘iluminados’?

De hecho, la filantropía parte de la desconfianza hacia el Estado como gestor cultural, pues nada más peligroso que su eventual unanimismo, aunque también revela esa oscura complicidad con los gobiernos para evitar el pago justo de impuestos aportando a múltiples “obras sociales”, el clientelismo de lo privado, fundamento de insostenibilidad.

Habitar conjuntamente un “espacio justo y seguro” dentro de los umbrales de funcionamiento ecosistémico del Planeta fue una sugerencia de Kate Raworth para notar que existen límites en la transformación de la Tierra tanto por defecto como por excedencia: no podemos seguir adelante (sobrevivir) si no garantizamos unos mínimos de bienestar para todas las personas, y no podemos garantizar esto a costa de la destrucción ambiental.

En la ‘doughnut economics’ se reafirma el concepto de justicia ambiental como eje central de la sostenibilidad: indica con firmeza la necesidad de concentrarse en la cualidad redistributiva del desarrollo, que, reconoce también, no es ni puede ser homogéneo, no proviene de una receta ideológica y, por el contrario, promueve la diversidad y multiplicidad de soluciones para habitar la Tierra, un tejido que requiere el gesto creativo, crítico e inspirador de las artes.

Reactivar la sociedad postsunami covid-19 implica una perspectiva integral de la recuperación del sentido de la existencia. La disposición de recursos y capacidades de la filantropía seguirá siendo fundamental para ello, pero sus recursos no podrán provenir más de la continuidad de lo insostenible, por definición. De ahí el debate ético indispensable acerca de la noción de “patrocinio” para el desarrollo de las artes a gran escala. De los bares y peluquerías, nos ocupamos gustosos con el consumo cotidiano, si nos dejan salir: entre la cerveza compartida y la charla de barrio también creamos belleza.

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