Distintas escuelas de pensamiento en sostenibilidad enfocan sus propuestas de cambio del modelo económico en tres grandes perspectivas: propuestas de decrecimiento, de “crecimiento” cero (steady state), o las más convencionales, que no ven ninguna contradicción entre el crecimiento continuo y las limitaciones materiales del planeta.

La covid-19 animó la discusión con su efecto ralentizador, pues para algunos llegó el momento de reemplazar el modelo económico prevalente a escala global por uno alternativo.

Como la economía es una variante de la ecología, una imagen inicial de la dinámica de un bosque silvestre puede ser práctica para entender que no hay una solución mágica para elegir entre estas tres visiones que se resuelven de manera diferente según la escala de análisis.

Sabemos que la Amazonía, por ejemplo, no mantiene más de un 50% del total de su área en condiciones estables, es decir, aquello que percibimos desde el satélite como la selva madura son porciones de vegetación que llevan centenares de años en fase de árboles/palmas adultos o “antiguos”.

El resto, aunque se ve verde también en su mayoría, corresponde a áreas donde el viento, la caída de árboles, el cambio espontáneo en el curso de un río y otros fenómenos, incluida la agricultura migratoria, han obligado a la selva a renovarse y por tanto la vegetación puede tener apenas unos años o décadas. Al final, el paisaje es un mosaico de ‘rastrojos’ con edades muy variables, la razón de ser de un tipo particular de diversidad: siempre hay porciones de la selva en alguna de las tres fases.

Pasa en todos los ecosistemas, pues es el mecanismo evolutivo normal, capaz de acomodar las perturbaciones que se producen a lo largo de la historia. Si todo fuese extremadamente constante, habría poca flexibilidad ante un evento inesperado y todo podría colapsar abruptamente. La proporción entre las fases es sin embargo muy sensible: sobrepasar ciertos umbrales representa un riesgo importante para el conjunto del sistema, si bien a diferentes plazos.

Los seres humanos somos una clase particular de perturbación en esa economía de los ecosistemas: talamos, cosechamos y transformamos las áreas que en otras condiciones revertirían a la condición silvestre.

La construcción de actividades agropecuarias permanentes, infraestructura (minas, puertos, vías, presas, ciudades), implica la instauración de un orden diferente, pero con la misma lógica de renovación sistémica, ahora de carácter cultural: los centros históricos de las ciudades equivalen a la selva dominada por árboles antiguos.

La sostenibilidad dependerá de las tasas y mecanismos de transferencia de una actividad a otra en términos de materia, energía e información y por ello está asociada con los equilibrios parciales que se establezcan entre áreas de crecimiento, decrecimiento y estabilidad temporal: es imposible mantener un bosque/sociedad en fase de museo o permanente renovación.

En las planicies de los ríos ecuatoriales, donde el ciclo anual de inundaciones es extremadamente perturbador, pasa lo mismo y la inestabilidad reina, pero no el caos; los peces migratorios lo saben perfectamente.

En síntesis, la sostenibilidad implica también un mosaico económico que requiere grandes perturbaciones para no colapsar, no es ningún paisaje idílico…