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Cesar las guerras contra el agua

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Decía hace unos días, en el cierre del simposio para la definición de criterios de delimitación de humedales en Colombia, realizado en Barranquilla por el Instituto Humboldt y el Fondo Nacional de Adaptación, con la participación de más de 160 expertos de todo el país, que nos encontramos profundamente incultos ante la reaparición cíclica y milenaria de La Niña, y sorprendentemente apaleados y adoloridos (en las finanzas y el ego), con la evidencia empírica de que el poder de la era industrial humana, y su manifestación colombiana, no solo no entiende ni asimila uno de los mas evidentes determinantes ecológicos que afectan las tierras ecuatoriales, sino que nuestros mismos instrumentos de aprendizaje zozobran ante ello: nos superan cosas tan básicas como el  movimiento de las aguas en nubes y tierras, y su evidente relación con los sistemas vitales del país.
 
Es comprensible que la fundación de Santa María del Darién, el primer asentamiento hispánico, colapsara en pocos años: para castellanos y andaluces, el universo infinito de la ciénaga arbolada era impensable; aún para vascos y gallegos, más hechos a las marismas, el temporal y las ventiscas, el reino de la hicotea y el caimán resultó inaceptable, por incomprensible, nocturno y arisco. Luego se tornó  impúdico e inmoral, su excesiva fecundidad inadmisible y por ello, con el mismo temor que a la femineidad libre, debía ser doblegado y sometido. Pero no es aceptable que nos siga pasando, 500 años después.
 
El escenario es claro: la discrepancia entre nuestro modelo de mundo, herencia acientífica occidental (hablamos de los siglos XVI y XVII), y el mundo, es abismal, y constituye la mayor deuda  cultural de Colombia: los humedales y el agua ecuatorial son aún nuestro mayor problema histórico, que subyace a la guerra, a la pobreza, a la visión de país. Podría decirse que el agua y su expresión en territorios acuosos,  ha sido vista como el verdadero palo en la rueda del desarrollo, pues hemos identificado este último como metáfora de la desecación, y con ello, enfrentado el proyecto de sociedad moderna contra el fluir de las aguas, el regulador de la vida: el peor absurdo.
 
En esas guerras contra el agua, algunas batallas se ganan, claro está, pero nunca la final, si consideramos que el “enemigo” fluye por nuestras venas… Recordemos que el combate contra los humedales de Versalles le dio la victoria a los reyes luises, pero cada vez que palacio ponía en marcha sus fuentes, París moría, literalmente, de sed. Porque la guerra contra el agua, por domesticarla, por controlarla, arrasa con gentes, tradiciones y derechos por igual, y no sólo deja heridas en el territorio, sino en la historia, las instituciones, la Nación. Absurdo por tanto, persistir en ella, cuando en la búsqueda de paz sabemos que los conflictos a resolver son de aguas, tierras y gentes por igual.
 
La delimitación de los humedales colombianos, como estrategia de adaptación al cambio climático, no versa sobre un problema de fronteras administrativas para el agua, sino sobre la naturaleza, la razón de ser, la ontología del territorio. Un territorio de cuya funcionalidad  abjuramos, de cuya diversidad nos lamentamos, donde no pensamos en ajustar, sino en imponer. Pero las circunstancias exigen ajustes de manera urgente: el viernes pasado el IPCC entregó su reporte quinquenal, indicando que el tiempo se acorta, drásticamente. La Niña nos visitará de nuevo, estamos ya en cuenta regresiva, y debemos recibirla con la conciencia de que, bajo su égida, plenamente interiorizada por los pueblos prehispánicos, no hay guerra que valga: la desecación se paga con la inundación en ciclos cada vez más cortos, cobrando vidas humanas, construyendo pobreza, conflicto entre las gentes que vuelven a combatir por sobrevivir, ante la ausencia institucional. Seguir favoreciendo la visión del desierto que nos ha acompañado en nuestras ganaderías, nuestras plantaciones, nuestro afán de oro, nuestras ciudades amuralladas, no solo es ineficaz o inútil: es fatal.
 
Habría muchas mas cosas que decir acerca de esta guerra que hemos emprendido contra los humedales hace tanto. Lo cierto es que es poco probable que podamos imponerles límites, todo lo contrario: serán los que nos impongamos nosotros mismos, a nuestra insaciabilidad, los que permitan construir una cultura del agua viva, para la vida, siempre predicada, siempre escamoteada.
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