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Aislamiento voluntario

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Sobrevolando las selvas del suroriente colombiano aparecen las cumbreras de palma seca de las malocas indígenas, apenas separadas por unos metros de luz del dosel de los árboles vecinos. A veces, un par de figuras que salen borrosas en las fotos. La avioneta no puede dar más de una vuelta: no es nuestro mundo y, por un instante, gigantesco en dignidad, somos tan respetuosos de los otros que cerramos los ojos y nos retiramos. No como hace quinientos años, cuando se proclamó el dominio de la Tierra en América y de todo lo que esta contenía, o como cada día, cuando llegan misiones de ciencia o religión pretendiendo salvar a quienes no lo piden, y a quienes combaten si replican.

Los pueblos indígenas en aislamiento voluntario representan una anomalía extrema en este orbe hiperconectado, una bofetada a la pretensión de universalidad humana, un desafío ético a la curiosidad científica que proclama una sola epistemología, una sola manera de entender la vida, el mundo. Y pese a lo incomprensible de sus razones, un puñado de ellos, dispersos por el Amazonas, se ha hecho a un lado de las narrativas triunfantes del progreso, y envueltos en sus propios mitos disfrutan de seguro el baño frío del amanecer selvático, el sabor propio de los frutos aceitosos, el ahumado de la carne de monte. Enfrentarán también otras cosas, otros miedos, a las avionetas tal vez, a los cazos de aluminio que dejan en los playones los evangelizadores, a los sostenes coloridos con que pretenden moralizar su impúdico disfrute de la vida. Contarán tal vez historias de encuentros pasados con blancos barbudos, malolientes, arrogantes, y tal vez se reirán recordando sus pretensiones de verdad, su invitación a salir, a civilizarse. 

Cuando Roma venció a Vercingétorix consolidó una forma de integración a un sistema económico y de derecho que llegaría hasta nuestra época con sus más y sus menos, pero dominante, vía la revolución cristiana y todas sus contrarrevoluciones. En ella habitamos, pero con todo en suspenso ante la evidencia de pequeñas sociedades que apelaron a la desaparición voluntaria, que eligieron seguir con su sistema de cálculo del tiempo y sus coordenadas territoriales, su inintelegibilidad, su inexistencia ante nosotros. No son sociedades secretas, más bien ocultas; no nos creen, porque han oído de nosotros. No nos quieren, porque nos han visto actuar. No nos buscan, ni siquiera por curiosidad. “Cariba malo” nos llaman, según contó en su último libro Roberto Franco, caído en una avioneta a la que la codicia aurífera precipitó en el medio Caquetá la semana pasada, junto con uno de los pocos investigadores indígenas reconocidos de Colombia, Daniel Matapí. Ambos, irrestrictos constructores de derechos y de irreverente alegría, harán mucha falta.

En el pasado “Encuentro por la Tierra” convocado por la Corte Constitucional en Ibagué como espacio de reflexión acerca de los derechos de los “no humanos”, se habló de la inmensa diversidad biológica y cultural en Colombia, de la voluntad benévola (ya que no cumplimos el acuerdo de ser plenamente una nación multicultural) que podríamos demostrar de escuchar al agua, al viento, a los elementos acorde con las prescripciones de taitas, mamas, curacas, abuelos y abuelas sabedores. Se habló de la fuente constitutiva de la diferencia en la naturaleza y la cultura, y su alcance en la definición de derechos y deberes, del papel del Estado en su reconocimiento. Se habló de la responsabilidad de quienes nos decimos conciencia de la existencia, voz del cosmos y otros títulos que nos podríamos inventar como hacía el Rey del Universo de Saint-Exupery. Se habló de condenar huracanes, maldecir fenómenos naturales, rabiar por las inundaciones. De la frustración cuando el mundo se niega a acatar nuestra grandeza, nuestros designios. De la forma en que entendemos y asumimos los riesgos de estar vivos sin saber por qué o siquiera, qué significa, junto con arañas, palmas y chikungunyas. Y de la espantosa realidad que implica ser incapaces de hacernos responsables siquiera de nuestras propias heces, que arrojamos a la casa del vecino mientras furiosos reclamamos al que a su vez nos las arroja.

Hay personas que logran aislarse, desprenderse al menos, renunciar, desconectarse, demostrando que no siempre hacer parte de algo nos da sentido. Hay ancianas que quedan aisladas involuntariamente tras las autopistas, hay presos en aislamiento, hay ermitaños. Hay quienes guardan silencio ante la pregunta impertinente: ni aceptan ni tiran heces. Tal vez habría que reconsiderar en esta sociedad de bullicio consumista la noción de aislamiento, el derecho a la soledad y la ruptura, a la introspección y el silencio. Tal vez así podamos volver a reconectar con la Tierra, que nos habla, nos canta, nos reclama.

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