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Hay fuego en el 23

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Ariel Bacal - abacal@empatheia-advisors.com Consultor empresarial

¿Se siente que no entiende los conceptos de la nueva economía?

¿Que llegó tarde a una rumba que no lo habían invitado, y no reconoce a nadie, ni lo que están hablando? ¿Se siente agobiado por términos que no le encuentra sentido? ¿Siente que todo se volvió una sopa de letras ridícula llena de anglicismos que no le dicen nada?

¿Que todo lo que parecía sólido en el mundo de los negocios se volvió, parafraseando a Zygmunt Bauman, líquido? ¿Que hay fuego en el 23, tal cual canta la Sonora Ponceña, y no se ha dado cuenta?

Bienvenido al club, infortunadamente no le tengo ninguna solución a esta difícil sensación que muchos empresarios sentimos. Pero quitando alguno que otro personaje simpático que posa de Steve Jobs y solo balbucea algunos conceptos sin ningún sentido, le quiero decir que estamos viviendo una etapa fascinante en el mundo de los negocios, estamos viviendo un cambio de paradigma, digno de una revolución científica. Quédese un ratico conmigo y trato de explicarle mi punto de vista o de confundirlo más.

El cambio de paradigma según Thomas Kuhn es un cambio en los supuestos básicos dentro de la teoría dominante de la ciencia. Estos cambios generan a su vez un cambio de forma de ver el mundo y por ende unas nuevas metodologías, un nuevo vocabulario y nuevos comportamientos.

El paradigma anterior sobre el que se fundamentaban los negocios proviene de la producción en serie y la especialización del trabajo. Nació con la revolución industrial del siglo XVIII y XIX y se coronó con Henry Ford. Las metodologías que desarrollaron alrededor de este fueron, entre otras: los estudios de tiempos y movimientos, costeo por actividades, cálculo de costo unitario. Sus dioses eran los lotes grandes de producción, las economías de escala, los costos de manufactura bajos. Sus templos las grandes corporaciones, las oficinas bonitas con ventana, los bancos como los conocemos hoy en día. Y los rituales de este paradigma: las reuniones largas donde todos dicen “sí señor”, las planificaciones rígidas a cinco años, la corbata y el miedo a equivocarse.

Todo este edificio conceptual tiene sus bases en teorías filosóficas y del comportamiento. Que los seres humanos somos racionales, que esa razón nos permite conocer exactamente la realidad, que entendemos perfecto las causas y los efectos de nuestras decisiones y que como entendemos perfectamente realidad y causalidad (causa y efecto), combinando ambos conceptos somos capaces de predecir el futuro con alto grado de certidumbre.

Durante varias décadas todo funcionó muy bien, pues la aplicación de este paradigma coincidió con el boom industrial de la postguerra y la urbanización en las economías emergentes. Esto generó un exceso de demanda por productos y servicios que había que atender lo más eficientemente posible. Pero también nos daba la sensación de que teníamos dominada las grandes preguntas del management y de que el “fin de la historia” de la administración de los negocios estaba cerca, que no había nada más que aprender.

Todo eso comenzó a descocerse. En el mundo del pensamiento comenzaron varios filósofos a cuestionar sus bases teóricas. Por allá en Edimburgo en el siglo XVIII el filósofo David Hume nos decía que los seres humanos no podemos conocer la realidad, que no podemos llegar con certeza a ninguna conclusión que se aplique en todos los casos posibles, que solo nos movemos en probabilidades, que es imposible definir con absoluta certeza la causa y el efecto de las cosas y que la tan endiosada razón es siempre una esclava de las pasiones. ¡Se prendió la rumba! Dirían unos, después llegaron Kant y Popper y la música comenzó a sonar diferente, abajo la certidumbre y las verdades absolutas, arriba las preguntas, las dudas, las hipótesis.

“Agúzate” dirían Richie Ray y Bobby Cruz, pues esto apenas comenzaba. Cuando la fiesta ya estaba prendida llegaron Kahneman y Tversky a demostrarnos que no solo no somos racionales, sino que estamos llenos de sesgos mentales que no nos dejan tomar decisiones coherentes y que vamos de error en error creyendo que lo estamos haciendo bien y para rematar, llega Nassim Thaleb a decirnos que no solo no sabemos nada de nada, sino que no tenemos ni idea por qué no lo sabemos y que estamos entrampados por el azar.

“¿Y ahora quien podrá ayudarnos?” decía el Chapulín. ¿Si todo eso que creíamos que somos, no lo somos entonces, qué somos? y sobre todo ¿cómo se traduce a mi condición de empresario? ¿De emprendedor?

No hay nada que temer, las ciencias exactas, que siempre vendrán al rescate de todos nosotros (para la muestra una pandemia), ya tenían una solución y venían trabajando durante siglos con ella: el método científico. Este se basa en la premisa de que lo único que tenemos son hipótesis y que lo que tenemos que hacer es definirlas claramente, testearlas en experimentos pequeños, comprobar su validez y comenzar de nuevo si el resultado es negativo.

Y ese es el nuevo paradigma, el de saber que no sabemos, el de entender que estamos en el mundo para probar que lo que creemos entender de nuestro consumidor, nuestros mercados, nuestros productos son solo hipótesis que tenemos que continuamente testear. Que las conclusiones que podamos llegar solo se aplican en un contexto muy particular, que nunca son verdades absolutas, sino que somos simples humanos mirando la realidad a través del espejo de nuestra experiencia y nuestros sesgos y que lo mejor que podemos hacer es sabernos ignorantes y entender que todo lo que creíamos verdad, es digno a ser rebatido y negado por nueva evidencia.

A este nuevo paradigma se le agrega la posibilidad que da la cantidad de datos que podemos obtener con las nuevas tecnologías, nos permiten aprender en tiempo real, pivotear una idea si es necesario y adaptar nuestro modelo de negocio si la evidencia así lo sugiere.

Este nuevo paradigma se basa en el salmo “equivócate rápido y barato, pero hazlo”, en la religión de la inmediatez, en la doctrina de lo ágil y rápido, en el culto a la data pura y dura. Los nuevos templos son virtuales: Facebook, Instagram y Google, sus santos: Steve Jobs, Zuckerberg, Steve Reiss, entre otros, sus rituales: el trabajo 24/7, las reuniones rápidas, virtuales y soportadas en datos, el testeo A/B, los análisis de datos, la oficina compartida donde te sirven cerveza a las 5 p.m. para que te quedes trabajando hasta las 11p.m., la camiseta negra con jean, la foto con las manos cruzadas con cara de estreñido. Y con un nuevo vocabulario: Funnel, Agile, Scrum, Leads, Machine Learning, Deep Learning, Lean, entre muchísimas otras.

Frente a esta realidad tenemos dos opciones: o le damos la espalda o nos la gozamos y creo que la mejor opción es la gozadera. Vamos a despelucarnos todos, arremangarnos y aprender de esta nueva forma de hacer negocio y en general de ver el mundo. Colguemos los tacones y la corbata, pongámonos la bata de científico o la camiseta negra con jean (sin cara de estreñido por favor) y entendamos que esto es a otro precio y siguiendo a lo escrito por mi paisano Andrés Caicedo en boca de María del Carmen Huertas en “Que viva la música”, “Échale de todo a la olla que producirá la salsa de tu confusión…Hay fuego en el 23”.

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