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Analistas 18/03/2026

Entre lo imperfecto y lo peligroso

Ariel Bacal
Consultor empresarial
ARIEL-BACAL

Tres hombres en el poder. Los tres son gais. Uno lo menciona en casi cada entrevista, lo convierte en credencial política, lo lleva como estandarte. Los otros dos, casi nunca. ¿Es eso hipocresía de su parte? ¿O es, al contrario, una posición más coherente sobre qué tiene que ver la vida privada con el ejercicio del poder?

Juan Daniel Oviedo trata su homosexualidad como parte central de su identidad pública. Scott Bessent, secretario del Tesoro de Estados Unidos, es abiertamente gay y casi nunca lo menciona en contexto oficial. Amir Ohana, presidente del parlamento israelí, es gay, está casado con un hombre, milita en un partido conservador, y su identidad pública es la de un parlamentario, no la de un político gay. El contraste no es trivial.

La posición de Oviedo no es original. Es el resultado directo de un proyecto intelectual y político que nació en Europa en el siglo XX y que tiene un objetivo claro: usar las identidades de grupo como arma contra el orden capitalista. La Escuela de Frankfurt, una corriente neomarxista que abandonó la clase obrera cuando esta no quiso hacer la revolución y reemplazó al proletariado por minorías y grupos de identidad como nuevos sujetos históricos.

Cuando el nazismo los expulsó de Alemania, sus intelectuales encontraron refugio en universidades estadounidenses, desde donde colonizaron la academia anglosajona y convirtieron sus ideas en el sentido común de las ciencias sociales occidentales. Lo que era una teoría crítica europea se volvió dogma universitario, y ese dogma fue exportado después al resto del mundo como si fuera conocimiento universal. La lógica es la misma: dividir la sociedad entre opresores y oprimidos, solo que ahora la opresión no es económica, sino cultural. El sistema no explota, discrimina. Y quien discrimina no es el capitalista, sino el hombre blanco, heterosexual, occidental.

Desde esa lógica, ser gay no es simplemente una orientación sexual. Es una posición en un mapa de poder. Es pertenecer al bando de los oprimidos. Y pertenecer al bando de los oprimidos da autoridad moral (por eso Oviedo anda con el periódico dando lecciones de moralidad), da capital político, da derecho a exigir reconocimiento institucional. La homosexualidad deja de ser un hecho personal y se convierte en una herramienta: para construir coaliciones, para blindarse de críticas, para enmarcar cualquier desacuerdo como homofobia.

Esto explica por qué Oviedo la menciona tanto. No es vulnerabilidad, es estrategia.

El problema filosófico es que la orientación sexual no es una identidad en ningún sentido serio del término. La identidad requiere historia compartida, tradición, narrativa, comunidad, obligaciones heredadas. ¿Qué comparten un gay colombiano y un gay de Tailandia, por poner un ejemplo, más allá de su orientación sexual? Nada. Ninguna historia, ninguna tradición, ningún texto común. En cambio, los colombianos en cualquier parte del mundo compartimos historias, cultura, valores, entre otras cosas. Ser colombiano es una identidad; ser gay es un atributo.

Bessent y Ohana lo entienden intuitivamente. Su identidad pública está construida sobre lo que hacen, no sobre lo que son en la intimidad. Eso no los hace menos gais. Los hace más completos como funcionarios.

Vale la pena notar un detalle incómodo para la narrativa progresista: Bessent es funcionario de Donald Trump y Ohana milita en el Likud, el partido de Netanyahu. Es decir, los dos hombres gais que tratan su homosexualidad con mayor naturalidad vienen precisamente de los partidos que el progresismo llama fascistas.

El progresismo quiere presentar este debate como una batalla entre iluminados y homofóbicos. No lo es. Es un debate entre dos visiones del individuo: la que lo reduce a su grupo de identidad y la que lo reconoce como ciudadano pleno, igual ante la ley, independientemente de sus atributos personales. La primera visión necesita víctimas permanentes para funcionar. La segunda las libera.

Proteger a una persona gay de la discriminación es una obligación del Estado y de toda la sociedad. Pero eso no requiere validar la idea de que la orientación sexual es una identidad política. Son cosas distintas, y Oviedo las fusiona para su beneficio.

Yo sé que esto es un mal menor, porque cuando uno mira a Iván Cepeda, un marxista confeso, fiel a una ideología que, donde ha gobernado, ha producido miseria y autoritarismo, entiende que es mejor aguantarse los periodicazos. A veces toca escoger entre lo imperfecto y lo peligroso.

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