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Casi todas las conversaciones sobre el futuro de Colombia giran en torno a la energía, el turismo, la infraestructura o la construcción.
Mientras tanto, una de las ventajas competitivas más impresionantes del país recibe una atención mínima: el agro. La verdad es que no solo lo hemos olvidado, sino que estamos muy rezagados frente a otros países.
Colombia debería ser un país líder en la producción agrícola del mundo, pero tristemente está lejos de esta realidad. El exministro y profesor de economía José Antonio Ocampo escribió hace unas semanas acerca de cómo la productividad agrícola es uno de los mayores limitantes de la competitividad del agro.
Por ejemplo, ¿cuánto creen que produce una hectárea de maíz en China? En promedio, unas 7 toneladas. ¿En Estados Unidos? Cerca de 11. Pues en Colombia no llegamos a 4. Es decir, un productor del Huila produce cerca de ⅓ parte de lo que produce uno en Nebraska, EE.UU.
Lo interesante de este análisis es que los limitantes no están en los recursos naturales, sino en el poco uso de tecnología y financiación que ha tenido el campo.
Mientras muchos gobiernos y organizaciones se olvidan de la importancia del campo, si miráramos esto desde una óptica de inversión, sería uno de los mayores focos de desarrollo en Colombia para la siguiente década.
Basta con mirar el crecimiento de la demanda mundial de alimentos para entender el tamaño de la oportunidad. Se estima que para 2050 habrá cerca de 9.000 millones de personas. Es decir, 9.000 millones de bocas que alimentar. Eso representa un crecimiento cercano a 50% frente a la población que tenía el mundo en el año 2000.
Otro factor que vale la pena destacar sobre la oportunidad de Colombia de convertirse en un referente mundial para el agro son sus ventajas competitivas.
Colombia no solo cuenta con dos salidas al mar, sino que es privilegiada con 12 meses de siembra, una diversidad de climas única y proximidad a mercados masivos como Estados Unidos, Canadá y México.
Y quiero hacer énfasis en este punto: por más dinero que tengan países como los Emiratos Árabes o los países nórdicos, la geografía es algo que la plata no puede comprar.
Ahora, ¿qué está pasando en el país y por qué estamos tan lejos de llegar a ser un líder agro del mundo? La verdad es que ni siquiera estamos siendo lo suficientemente atractivos para las personas que están en el campo para quedarse allí a trabajar la tierra. Entre 2015 y 2025, la tasa de ocupación bajó tres puntos, hasta 56%. De igual manera, la desocupación pasó de 6,3% a 7,8%.
Si no hacemos más rentable quedarse en el campo, llegará un momento en que no tendremos siquiera quien produzca los alimentos que consumimos en Colombia.
En materia de brechas, la pobreza monetaria extrema es más del triple de lo que se reporta en las ciudades. Y ojo a esta cifra: los niveles de informalidad para 2025 fueron de 83,5%. Lo curioso es que el sector agropecuario sigue siendo, con amplia distancia, el principal empleador de las zonas rurales.
Habiendo entendido esta realidad, tenemos que hablar de soluciones.
Para mí hay dos fundamentales: acceso a servicios financieros y acceso a tecnología. Y en ese orden. Porque la tecnología es inútil si un campesino no puede financiar su crecimiento.
A nivel de acceso a capital, el Banco de la República informa que solo la mitad de los pequeños productores en Colombia recibieron financiación en 2023. Y si hacemos doble clic en este segmento, de todo el crédito que entra al sector agro, solo 20% de la financiación va para este segmento de la población.
La banca privada está en su mayoría ausente debido a la asimetría de información, el riesgo climático y los altos costos de atender a estos usuarios y comercios. Pero aquí es donde las empresas de tecnología pueden ayudar.
Hay fintechs como Agrapp que pueden ofrecer marketplace financing, otras como Cebar que ofrecen seguros especializados para el agro, y fintechs como Tpaga, que está experimentando con adelantos sobre lo que el productor anticipa ganar con su cosecha.
Ahora imaginemos lo que podríamos hacer si cada campesino tuviera acceso a imágenes satelitales, predicciones climáticas más precisas, detección temprana de plagas o irrigación automatizada. No solo produciría más. Tendríamos más información sobre su tierra, sus cultivos y sus cosechas. Y con mejor información también podríamos financiarlo y asegurarlo mejor.
Esto no es ciencia ficción. Son tecnologías que ya existen. El reto es llevarlas al campo colombiano.
Tal vez necesitamos hackathons enfocados exclusivamente en el agro, incubadoras de AgTech financiadas por grandes empresas de alimentos, universidades y fondos de inversión, o vehículos de capital especializados en llevar estas tecnologías al campo.
Por último, recién llegado de Silicon Valley y viendo que hoy la carrera de todos los países está en ver quién construye la próxima gran empresa de modelos de lenguaje sobre IA, Colombia tal vez tiene una oportunidad única: convertirse en el país que mejor combine las herramientas de inteligencia artificial con una de nuestras mayores ventajas competitivas: el agro.
Tal vez nuestro futuro no está solo en escribir más software.
También está en ayudar a quienes producen los alimentos del mundo a sembrar mejor, financiarse mejor y vender mejor.
Quizás la próxima gran revolución tecnológica colombiana no nazca en un edificio de oficinas en Bogotá, sino en una finca en la Orinoquía.