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A días de las elecciones legislativas, Gustavo Petro ha logrado convencer a 45% de los colombianos de que el país va por buen camino (Encuesta Invamer, febrero 2026), frente al 34% que pensaba eso en noviembre. Esta creencia no es espontánea; es el resultado de una efectiva estrategia política que explota al máximo los sesgos cognitivos del ser humano:
Sesgo de inmediatez: los humanos sobrevaloramos el presente frente al futuro. Un aumento de salario hoy pesa más psicológicamente que mayor informalidad laboral mañana. La gasolina más barata esta semana es más tangible que el pago de una deuda gigantesca en el futuro. Petro concentra sus medidas de alto impacto perceptual en el corto plazo, donde el beneficio es inmediato y el costo es diferido.
Sesgo de disponibilidad: el cerebro juzga la verdad según qué tan fácil es recordarla. Petro inunda el espacio informativo con afirmaciones concretas y repetibles: “el salario subió 23%”, “el agro creció 7,1%”, “somos la cuarta economía de la Ocde”. Los efectos fiscales de sus políticas son, en cambio, demasiado abstractos y requieren del dominio del pensamiento de segundo orden: detectar las consecuencias de las consecuencias.
Efecto de encuadre: Petro elige siempre la referencia que lo favorece. Por ejemplo, compara el porcentaje de crecimiento de la economía con la Ocde y otras economías desarrolladas y descarta la que lo perjudica, como Latinoamérica o el propio crecimiento histórico colombiano.
Ilusión de correlación: consiste en atribuir causalidad donde solo hay coincidencia temporal. Cuando el sector financiero reportó utilidades, Petro sostuvo: “Este gobierno hizo más ricos a los ricos como ningún gobierno, pero al mismo tiempo volvimos más ricos a los pobres”. Causalmente es errado. Los bancos ganaron más porque las tasas siguieron altas por la inflación que el Gobierno no pudo controlar y porque su incontinencia fiscal les prestó su déficit como negocio.
Efecto de halo: un logro genuino en un área contamina positivamente la percepción de otras áreas. El turismo creció de verdad. Ese dato real crea un halo que ilumina, sin justificarlo, el manejo fiscal, la seguridad jurídica y la inversión. El ciudadano común no suele juzgar integralmente, sino elegir lo que le conviene para justificar su preferencia: si algo bueno pasó, el gobierno en general “lo está haciendo bien”.
Pensamiento mágico redistributivo: hay un sesgo culturalmente arraigado que asocia moralmente el gasto social con la justicia y la austeridad con la crueldad. Esto hace que el ciudadano promedio tenga una resistencia cognitiva a cuestionar el gasto público expansivo: hacerlo parece estar “del lado de los ricos”. Petro explota este sesgo con agresividad, encuadrando cualquier crítica fiscal como defensa de los intereses del establecimiento.
Sesgo de statu quo invertido: Petro llegó al poder con un discurso revolucionario. Eso genera en sus votantes una predisposición a interpretar cualquier dato ambiguo a su favor: si algo mejora, es prueba de que el cambio funciona; si algo empeora, es sabotaje del establecimiento o herencia del modelo anterior. Es un escudo cognitivo casi impenetrable.
Reconocer estos sesgos no es un ejercicio académico; es el primer paso para no ser víctima del populismo progresista. Vote bien el domingo. Colombia lo necesita.
Hay que definir el perfil de quien ha de ser el jefe del equipo, sea director, gerente o el título que se designe, y de los demás que han de integrar el grupo encargado
Las universidades privadas están preparadas para asumir ese reto, pero necesitan coherencia normativa y un entorno financiero que reconozca, y no penalice, su función social
En 2026 habrá 13.164.767 jóvenes, 24,7% de los 53.399.171 habitantes del país. Son 6.679.833 hombres y 6.484.934 mujeres