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Analistas 13/02/2021

Las diferentes caras de la lealtad

Recuerdo una clase memorable con un grupo de oficiales de la Policía en la escuela de negocios en la que trabajo. El tema de ese día eran las motivaciones humanas y les pregunté por qué hacían lo que hacían. La cuestión no es trivial pues asumen grandes riesgos y varios de ellos han visto morir a sus compañeros en combates con distintos grupos armados.

Como era de esperar, durante la clase surgieron varias respuestas, pero noté que uno de los oficiales se revolvía nervioso en su silla. Me acerqué y me dijo: Profe, mi motivación para trabajar no es el salario porque yo no me haría matar por el dinero que me pagan, ni el reconocimiento de mis superiores, o, menos aún, aprender tácticas de combate. Estoy dispuesto a hacer lo que hago por “esto”, dijo mientras señalaba el lema de la Policía cosido en su uniforme. Ese día, quien aprendió la lección fui yo. De una manera sencilla me mostró el verdadero sentido de su trabajo.

Sin embargo, la mayoría de las tareas del trabajo de este policía no las puede realizar él solo; necesita de la ayuda de los demás. Por ejemplo, cuando entra en combate deposita su confianza, en primer lugar, en sus compañeros que están a su alrededor. Sabe que su vida depende de ellos y ellos dependen de él. Es consciente de su propia vulnerabilidad, pero cuenta con la ayuda de los demás y entonces es más fuerte.

Luego viene el resto: está ahí porque le apasiona lo que hace, ayuda a sacar adelante su país defendiendo a los ciudadanos de bien. Todo esto es un círculo virtuoso, pero la parte más importante y primordial son sus propios compañeros que se preocupan por él, que darían su vida en combate por él y a los que, con frecuencia, llama “hermanos”.

No todos los empleos tienen esa condición de confiar la propia vida en los compañeros de trabajo. Sin embargo, es claro que en cualquier situación las personas que nos rodean son una parte muy importante para asegurar la lealtad. Tal vez, por eso, cuando alguien empieza a hacer pequeñas cosas por otros en el trabajo, los otros comienzan a hacer lo mismo con los demás. Surge así un ambiente de camaradería y confianza en el grupo y como consecuencia natural aparece la lealtad.

Desafortunadamente, con frecuencia, son las empresas las que no son leales con sus empleados, pues los consideran reemplazables o poco importantes. Incluso, les piden lealtad, pero no les dan confianza. Esto es fácil de descubrir con las preguntas que brotan espontáneamente: ¿qué están dispuestos a hacer por mí en esta compañía?, ¿qué tan importante soy para mis jefes y mis compañeros? Y, al comprobar que no es lo que esperaban, entonces deciden con realismo que no es necesario comprometerse con una empresa que, en realidad, no está dispuesta a asumir riesgos por ellos, a confiar en ellos.

La lealtad es el resultado de la confianza y la confianza es un sentimiento que se gana con el tiempo, poco a poco, no se puede imponer ni comprar, pero se puede perder repentinamente. Por eso, el directivo es el responsable de construir la confianza mediante un liderazgo comprometido con las personas de su equipo. Saberse respaldado por los superiores y miembro de un grupo con una gran misión es el mejor “pegamento” para la lealtad. ¡Ojalá el policía de mi historia tenga un jefe así, para que pueda ser leal muchos años!