La primera vez que vi esa frase, la leí en un cuaderno que me entregaron en una conocida escuela de negocios con la ilustración de un cuadro al óleo del pintor francés Claude Monet, titulado “El estanque de los nenúfares”.

Cuando pregunté por el sentido de la frase y el cuadro, me explicaron que dirigir es un arte y no una ciencia, pues consiste en la capacidad de crear a partir de la propia inspiración y requiere de mucha creatividad. Además, así como el ensayo y la repetición le permiten al artista alcanzar la perfección, sucede algo parecido en el caso del directivo en el oficio práctico, hacer una y otra vez algo, sirve para construir experiencia, necesaria para lograr el criterio prudencial.

Tal vez, por eso los directivos más veteranos suelen utilizar este argumento para silenciar a los jóvenes recién llegados, demasiado ansiosos por comenzar a utilizar las técnicas aprendidas en la universidad. Seguramente, ninguna persona sensata diría que la dirección no es un arte, pues el liderazgo implica mucho más que habilidades técnicas y analíticas. Así que, tiene sentido que los directivos se fijen en el arte y los artistas para aprender algo sobre su propia tarea.

Pero el arte no es caprichoso, irracional o accidental. Por el contrario, es una proyección de las emociones que hacen público lo que pensamos, lo que sentimos, lo más íntimo, lo más preciado. Además, el arte no se limita a expresar temas ya conocidos, sino que genera y diversifica temáticas, las multiplica en formas y dimensiones aún no exploradas. Por eso, los escolásticos definieron el arte como recta ratio factibilium o el exacto conocimiento de lo que se debe hacer.

El artista necesita pasión y visión para realizar su obra. Es una persona reflexiva que crea e innova. Tiene talento; es único. Así como un pintor plasma en el lienzo sus pinceladas, los colores, las luces y las sombras expresando de esta forma su creatividad, el directivo también necesita la creatividad para encontrar la solución a los problemas de su trabajo. Debe ser imaginativo y audaz. De esta manera, la creatividad sirve para diferenciarse y marcar el rumbo, sorprende, nos saca de lo esperado, permite conocer otros mundos y alegra la vida, porque nos aleja de la monotonía.

Al igual que los artistas necesitan dominar su oficio, los directivos también deben perfeccionar sus habilidades o soft skills para tratar a las personas y comunicarse adecuadamente. Más aún, así como los grandes maestros del arte comunican sus visiones, los grandes líderes deben inspirar a quienes trabajan junto a ellos.

Quizá, por ese motivo, los mejores directivos son contadores de historias, un poco poetas, que saben utilizar el lenguaje para que adquiera una fuerza nueva y permita convertir una idea abstracta en realidad materializada. Consiguen que lo aburrido se convierta en algo estimulante. Y esa pasión se contagia entre el resto de la gente que descubre el verdadero sentido de su trabajo.
Pero ahí no termina todo.

Tanto los directivos como los artistas necesitan críticas constructivas y modelos para emular: hace falta ser humilde y saber escuchar. Por lo tanto, una de las primeras obligaciones de la alta dirección consiste en enseñar y guiar a los que algún día ocuparán su lugar. Pues, para asegurar su propia supervivencia, las empresas deben asumir la responsabilidad de formar y nutrir a sus líderes.