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Durante mucho tiempo, Colombia ha pensado su infraestructura desde el asfalto. Esa mirada sigue siendo necesaria, pero no puede ser la única. En un país de montañas, laderas, quebradas y municipios con enormes retos de acceso, también tenemos que aprender a mirar hacia arriba, y ahí el transporte por cable ha demostrado que puede ser mucho más que una solución turística o excepcional.
En distintas ciudades del país, los cables aéreos se han convertido en herramientas de movilidad cotidiana, integración social y desarrollo territorial, y Bogotá es hoy uno de los ejemplos más claros. Ciudad Bolívar permitió conectar barrios históricamente aislados con el Portal Tunal; San Cristóbal avanza hacia su etapa final conectado con el Portal 20 de Julio, y Potosí será el siguiente paso, articulado con el Portal Sur.
Pero esta conversación no debería limitarse a Bogotá. Colombia tiene condiciones únicas para que la movilidad por cable cumpla un papel más relevante en los próximos años. Recientemente, en una entrevista con este medio, hacíamos el recuento de que Medellín, Manizales, Pereira y Cali ya han mostrado, con distintos niveles de avance, que esta tecnología puede adaptarse a realidades urbanas diversas. Y hoy existen conversaciones o intereses en diferentes niveles en lugares como Soacha, La Calera, Medellín, Manizales, Ibagué, Armenia, Salento, Bucaramanga, Santa Marta, Cartagena y Villavicencio.
No todos esos proyectos se convertirán necesariamente en obras. Tampoco todos los territorios necesitan un cable. Esa precisión es importante, porque una buena infraestructura no parte del entusiasmo, sino de la planificación. Justamente por eso, el reto de Colombia no está solo en la ingeniería. La tecnología existe, la experiencia está probada y los casos exitosos ya son visibles. El verdadero desafío está en la planeación, la financiación y la continuidad institucional. Muchos municipios ven en el cable una oportunidad para conectar comunidades, atraer turismo o impulsar desarrollo, pero no siempre cuentan con la capacidad fiscal para asumir solos proyectos de esta magnitud.
Ahí aparece una discusión importante de política pública. Si queremos que el transporte por cable pase de ser una suma de proyectos aislados a una herramienta nacional de conectividad, se necesitan modelos más claros de cofinanciación, mejores mecanismos de estructuración y una visión de largo plazo que no dependa exclusivamente del gobierno de turno. La movilidad no puede empezar de cero cada cuatro años.
También es necesario entender que los cables no compiten con los buses, los metros, los trenes o las carreteras. Los complementan. En algunos corredores, una vía será la mejor solución; en otros, un sistema férreo tendrá más sentido. Pero en zonas de ladera, territorios ambientalmente sensibles, áreas de difícil acceso o municipios donde la topografía hace más costosa la infraestructura tradicional, el cable puede ofrecer una respuesta eficiente, sostenible y de menor impacto urbano.
Esa es quizás la mayor oportunidad para Colombia. No se trata de llenar el país de teleféricos, sino de identificar con rigor dónde pueden transformar la vida de las personas. En algunos casos, el beneficio estará en reducir tiempos de viaje. En otros, en conectar una comunidad apartada. En otros, en fortalecer una vocación turística. Y en muchos, en acercar territorios que durante años han estado separados no solo por la distancia, sino por la falta de oportunidades.
Al final, conectar a Colombia no significa únicamente construir más kilómetros de infraestructura; significa acercar oportunidades, integrar comunidades y entender que no todos los territorios se conectan de la misma manera. En un país de montañas, mirar hacia arriba no es una extravagancia: puede ser una forma inteligente, sostenible y humana de construir futuro.
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