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Esta columna se escribe antes de conocer el resultado de la segunda vuelta presidencial. Por eso, más que una reflexión política, es una invitación institucional, técnica y de largo plazo. Independientemente de quién llegue al gobierno, Colombia tendrá que seguir conectando mejor sus ciudades y regiones, teniendo en cuenta que su geografía ha sido, al mismo tiempo, una riqueza y una barrera.
En esa conversación, los teleféricos deberían ocupar un lugar mucho más relevante dentro de los planes nacionales de transporte. No como una solución aislada, sino como una alternativa estructural que puede complementar otros sistemas de transporte público para responder a desafíos muy concretos, como territorios de montaña, periferias urbanas, municipios con dificultades de conexión, corredores turísticos, zonas ambientalmente sensibles y ciudades donde ampliar vías resulta cada vez más costoso, lento o insuficiente.
La experiencia ya existe. Varias ciudades han demostrado que el transporte por cable puede ser una solución cotidiana y no una excepción. La pregunta, entonces, no es si el cable funciona, sino cómo lograr que más territorios puedan acceder a esta solución. Y ahí es donde el gobierno puede cumplir un papel decisivo, ya que los cables aéreos serían soluciones adecuadas para muchos municipios que, sin embargo, no tienen capacidad fiscal para asumir estos proyectos. Esa situación limita su expansión justamente en las regiones donde podrían tener mayor impacto. Por eso, Colombia necesita evaluar con más decisión esquemas de cofinanciación que permitan convertir buenas ideas en proyectos viables.
El llamado al nuevo gobierno es sencillo: que sea un aliado de las ciudades que ya tienen experiencia y quieren ampliar sus redes; de los municipios que ven en el cable una oportunidad de desarrollo, pero no cuentan con la capacidad financiera para asumir solos proyectos de esta magnitud; y de las regiones que necesitan infraestructura para integrarse, competir, atraer turismo y mejorar la calidad de vida de sus habitantes.
También es importante entender que los teleféricos no son una respuesta única para todos los problemas de movilidad. Ningún modo lo es. Pero sí son una herramienta especialmente adecuada para ciertos desafíos colombianos. En zonas de ladera, territorios de difícil acceso o corredores donde la infraestructura tradicional tiene altos costos ambientales y prediales, el cable puede ofrecer una solución eficiente, sostenible y de menor impacto urbano.
Para aprovechar esa oportunidad hace falta pasar de los proyectos aislados a una política pública más ambiciosa. Colombia necesita identificar corredores potenciales, priorizar ciudades y regiones con condiciones favorables, construir modelos de cofinanciación, facilitar la gestión institucional y garantizar que los cables se integren a las redes de transporte existentes.
Una carta al nuevo gobierno, entonces, es una invitación a mirar el país desde su geografía real; a entender que la movilidad no se resuelve únicamente desde el asfalto, sino también desde el aire; y a reconocer que conectar territorios no significa solo reducir tiempos de viaje, sino ampliar oportunidades. La ingeniería está lista. La experiencia existe. Las necesidades son evidentes. Lo que Colombia requiere ahora es decisión, coordinación y visión de largo plazo. Que el próximo gobierno, cualquiera que sea, vea en la movilidad por cable no un proyecto marginal, sino una herramienta estratégica para construir un país más conectado, sostenible y equitativo.
EE.UU. no es solo nuestro mayor mercado. Es el escenario en el que Colombia debe demostrar su verdadera ambición exportadora. Y lo que vimos esta semana indica que estamos listos para dar el siguiente paso