MI SELECCIÓN DE NOTICIAS
Noticias personalizadas, de acuerdo a sus temas de interés
A los quince años me gané el apodo de “Chismis” sin pedirlo. Llegué al salón a contar lo que iba a pasar en una telenovela argentina, gracias a un amigo de mi hermano. Casi todo el curso la veía, aunque lo negara, pero como yo di la chiva, fui el bautizado por unanimidad. En las empresas he visto muchas veces la misma escena: todos saben quién se va, qué línea cerrarán y a quién no le renovarán el contrato, pero nadie cita una fuente oficial, solo un “me dijeron”. Y, al final, el chismoso termina siendo el último de la cadena.
En una organización, el chisme no es ante todo una falta de ética, sino una moneda de pertenencia. Se acumula para ganar estatus e influencia, y su transacción tiene una regla básica: “te cuento, pero no digas que fui yo”. Por eso se difunde tan rápido: quien sabe lo que otros ignoran gana un lugar en la conversación y, en tiempos de incertidumbre, estar enterado se parece a estar a salvo. Pero tiene un costo: en mi caso fue un apodo; en una compañía puede ser la reputación.
Y esa moneda circula más de lo que creemos. Un estudio de la Universidad de California en Riverside grabó, con autorización, varios días de conversaciones de 467 personas y encontró que dedicaban en promedio 52 minutos diarios a hablar de alguien ausente, casi siempre de conocidos y en tono neutral. En la empresa, eso equivale a casi una hora diaria hablando del jefe, del compañero, del proveedor o del cliente, no para destruirlos, sino para entender qué pasa. Por ese canal corren ascensos, despidos, proyectos frenados y clientes que llegan o se van. Con frecuencia, la cafetería va unos días adelante de los comités, y ahí está el riesgo.
Cuando la comunicación oficial no llega, los pasillos la inventan. La política lo muestra a diario con audios falsos y cifras sin fuente que corren más rápido que cualquier propuesta, sin distinguir candidato ni partido. Un rumor no necesita ser cierto para hacer daño; le basta con llegar primero.
Pensemos en una planta cuya dirección evalúa trasladar una línea de producción a otra ciudad. Nada está decidido ni comunicado, pero en dos semanas los pasillos lo dan por hecho: dos soldadores experimentados se van a otra empresa, el sindicato pide una reunión urgente y la productividad cae justo antes de una entrega clave. Cuando llega el comunicado aclarando que no hay decisión, ya nadie lo cree. El rumor no nació de la mala fe ni de una filtración, sino de algo más simple: todo vacío de información se llena, y si no lo llena la dirección, lo llenará el pasillo.
La tarea del directivo no es erradicar el chisme, misión imposible, sino escucharlo y llegar primero. Escucharlo, porque permite medir la temperatura del equipo: el pasillo sabe antes que cualquier informe qué proveedor falla, qué jefe desgasta a su gente o qué proyecto ya nadie cree viable, y revela la cultura real, no la consignada en el sistema de gestión de calidad. Llegar primero, porque comunicar pronto, aunque sea para decir que aún no hay respuesta, cierra el espacio donde crecen los rumores.
El problema nunca fue el chisme, sino el vacío que los directivos dejamos sin llenar. Chismís no inventó nada: solo dijo en voz alta lo que todo el curso quería saber. En las empresas, ese papel le corresponde al directivo.
Los escalones generados con este método pueden ir desde municipios especiales, y de primera a cuarta categoría
Es mejor bueno conocido que malo por conocer, ojalá la lección se haya aprendido para cuando aparezcan futuros “genios” revolucionarios