Analistas 24/08/2020

Unas elecciones cruciales

Las elecciones de noviembre en EE.UU. son de altísima relevancia para los mercados globales. Sin exagerar, creo que en gran medida el proceso de recuperación económica post-pandemia dependerá de lo que decida el pueblo norteamericano sobre quién debe manejar las riendas del país en adelante. Digámoslo en plata blanca: los mercados parecen preferir que repita presidencia Trump, a pesar de las obvias falencias de las que sufre el presidente. Quizás cabe en esta ocasión el famoso “es mejor malo conocido que bueno por conocer”.

Pero siendo exactos, lo realmente importante sobre las elecciones venideras es lo que llegue a suceder con el Senado, no con la Casa Blanca. En este momento el Partido Republicano tiene 53 curules en el Senado, contra 45 demócratas y dos independientes. Mejor dicho, los republicanos controlan 53% de los votos. En la Cámara Baja la situación es la contraria. Los demócratas controlan 53,8% de los votos contra 45,9% que tienen los republicanos (los independientes controlan 0,2% de los votos). Por lo tanto, bajo el balance de poder actual, los republicanos controlan la Casa Blanca, los demócratas la Cámara de Representantes, y los republicanos el Senado. Esta división de poderes implica que la política en EE.UU. está en una situación que implica que lograr que se aprueben proyectos de ley es extremadamente difícil (porque lo que pasa en la Cámara colapsa en el Senado y viceversa).

En mi opinión, mirando al 2021, lo mejor que le puede pasar a EE.UU. es que se mantenga esa división. ¿Por qué razón? Por lo siguiente: supongamos que Biden gana la Casa Blanca y los demócratas ganan el Senado. Si eso llega a suceder, el triunfador de la contienda será el ala de extrema izquierda del partido demócrata, cuyo manifiesto político es algo similar a lo siguiente: (1) nacionalizar la medicina, (2) prohibir la explotación de hidrocarburos, (3) incrementarle brutalmente los impuestos a los individuos con mayores ingresos, (4) incrementar materialmente el impuesto de renta corporativo, (5) implementar un “living wage” federal, lo que significa incrementar el salario mínimo a niveles que implicarían la quiebra de miles de empresas pequeñas, y (6) prohibir la diversificación de producción vía la generación de grandes obstáculos al comercio internacional. Esta agenda la vienen vendiendo personajes como Bernie Sanders, Elizabeth Warren, o Alexandra Ocasio-Cortés.

No se necesita ser un genio para saber que una decisión de prohibir la explotación de hidrocarburos en EE.UU. generaría una nueva depresión económica. Y valga decir que el discurso de este nuevo partido demócrata es un discurso basado en la envidia y en la lucha de clases, un hecho que va en total contravía de los lineamientos del sueño americano.

Si las elecciones de noviembre nos dejan una Cámara Baja, Presidencia y Senado en manos del partido demócrata, muchas de estas ideas se podrían a llegar a implementar. Pero si el Senado se mantiene en manos republicanas, ninguna de estas ideas tendría la posibilidad de aprobarse, irrelevante de quién gane la Casa Blanca. Por lo tanto, si en noviembre 4 EE.UU. amanece con una Cámara de Representantes gobernada por los demócratas y un Senado republicano, pues quien esté en la Casa Blanca será secundario. Ahora, si los demócratas ganan la Casa Blanca, la Cámara Baja, y el Senado, pues ahí sí, que Dios nos agarre confesados…