Analistas

Nada Que Celebrar

GUARDAR

Hay una gran ventaja de haber estado ad-portas de la muerte. Esa ventaja es que después de vivir esa experiencia tan traumática, a uno le comienzan a resbalar las trivialidades, como, por ejemplo, lo que el prójimo piense de uno. Por eso desde esta columna no se tiene ningún problema en argumentar que no hay absolutamente nada que celebrar en cuanto a lo que tiene que ver con el arreglo de “justicia” al que llegaron los genocidas de las Farc y el presidente Santos en La Habana. Lo único que logra este acuerdo es legitimar el crimen, así sea “por una sola vez”, como dicen algunos, o así sea porque “la paz lo vale todo”, como dicen algunos juristas criollos. Estimado lector, dígame como quiera: títere del imperio, enemigo de la paz, mano negra, fascista, cerdo capitalista, etc., etc.

Es más, pensándolo mejor, sígame diciendo “cerdo capitalista”, porque claramente yo si encajo perfectamente dentro de esa descripción, por lo menos bajo la escala que manejan los “progresistas” de nuestro país. En EE.UU. hay un libertario muy famoso que se hace llamar “cerdo capitalista” por gusto, y, la verdad, considero que estoy de acuerdo con gran cantidad de sus planteamientos. Pienso que Colombia no necesita “reconciliación”, ni abrazos del presidente legítimo con el líder matón de un grupo narco terrorista que ha matado a decenas de miles de personas inocentes y que todos los días se enriquece más de la mano de las exportaciones de cocaína. Colombia lo que necesita es castigar ejemplarmente a los criminales, Colombia necesita autoridad, eficiencia, perseverancia, ética, bajos impuestos, emprendimiento, libertad de culto, libertad de expresión, libertad irrestricta de lucro, cero burocracia, y, lo más importante, abandonar de una vez por toda el patético discurso de la “igualdad”.

El discurso cheguevarista de la igualdad solamente genera desigualdad. El discurso egoísta y “cerdo” del lucro irrestricto, ese que tanto me gusta a mí, genera crecimiento, bienestar, igualdad, felicidad, y lo más importante, paz social. Por ejemplo, si Colombia le hace caso a los asesinos de las Farc en la necesidad de “redistribuir la tierra”, Colombia solo verá más pobreza, porque el minifundismo es una política económica fallida. En cambio, si Colombia se la juega por el latifundio, por la “desigualdad”, Colombia será un país con oportunidades. Si Colombia se la juega por el gran capital local y extranjero, nuestro país se puede volver una potencia mundial en alimentos. Pero si seguimos embadurnados del patético pensamiento del minifundio como motor “justo” de la política de desarrollo agrícola, seguiremos leyendo sobre niños desnutridos y violencia.    

Decía el exministro Carrasquilla hace unos días en Twitter que “hay mucha gente sensata muy contenta, quizás haya algo que yo no estoy viendo”. Confieso que ojalá así sea, porque, siendo sinceros, ahorita lo único que percibo es que nuestra sociedad está muy contenta con el hecho de que para reparar el genocidio de centenares de compatriotas pobres que se escondían en una Iglesia, alias “Timo” tendrá que sembrar un par de lechugas y decir “es que se me chipoteó…”. Insisto; así me quede solo en este mundo, jamás aceptaré que la violencia es un camino válido al poder político. No todo puede valer en este mundo. Acá no hay nada que celebrar. El pragmatismo tiene que tener límites en este mundo. Y sí, soy un “inmenso enemigo de la paz”, de esos que el señor Juan Fernando Cristo, el alfil del 8.000, el del elefante, tanto aprecia. 
 

LA REPÚBLICA +

Registrándose puede personalizar sus contenidos, administrar sus temas de interés, programar sus notificaciones y acceder a la portada en la versión digital.

GUARDAR
MÁS LR

Agregue a sus temas de interés

MÁS LR

Agregue a sus temas de interés