Uno de los renglones más importante de nuestra economía es el del turismo, hoy gravemente afectado -en el mundo entero- por la pandemia que obligó a paralizar las aerolíneas y a desocupar los hoteles, llevándose por delante otros negocios que dependen mayoritariamente de aquellas actividades, como restaurantes, bares y otras operaciones de entretenimiento y comercio.

En Colombia, hay numerosas ciudades cuya subsistencia depende del turismo; otras, como las de la zona cafetera, perfeccionaron un modelo interesantísimo entorno al cultivo del café. Así, cientos de haciendas se adecuaron para recibir personas de todos los lugares del mundo interesadas en vivir la experiencia de la producción del grano.

Las principales ciudades de Colombia han desarrollado una industria hotelera digna del primer mundo. Instalaciones de la mejor calidad se encargan de satisfacer la demanda de habitaciones para viajes de placer o negocios. Pero, de la noche a la mañana, los hoteles se vieron forzados a cerrar sus puertas. Lo anterior afecta a cerca de dos millones de compatriotas que derivan su sustento de actividades relacionadas con el turismo.

Desde que se desató la crisis, registramos permanentemente el cierre de restaurantes y de hoteles que no tuvieron el suficiente pulmón económico. La suspensión abrupta del flujo de caja resultó letal. De inmediato, el inefable e insensible sector financiero incluyó a los hoteles y restaurantes en la “lista negra” de negocios de altísimo riesgo.

La indolencia liquidó la posibilidad de acceder a créditos que permitieran que los propietarios de los mismos lograran sobrevivir. Son sobrecogedores los testimonios de los dueños de restaurantes que han tenido que seguir pagando cánones de arrendamiento elevadísimos, sin recibir un centavo por concepto de ventas. Ni qué decir de aquellos restauranteros que han tenido que apagar los fogones de sus cocinas.

En la reciente asamblea de la Anato, el presidente Iván Duque anunció una línea de crédito de $1 billón con garantía del Gobierno de 90% y plazos de gracia de hasta 12 meses, para el sector hotelero. Esto es un bálsamo que muchos -yo diría que todos- los dueños y operadores de hoteles estaban esperando.

¿Ese dinero será suficiente? Por supuesto que no. Depende mucho de la reactivación del turismo, que está íntimamente ligada a la apertura de los aeropuertos. De mantener indefinidamente el cierre de estos últimos, no habrá dinero que alcance, y ese billón de pesos será un saludo a la bandera, pues la inyección de capital es eficaz siempre y cuando se estimule el flujo de ingresos.

El turismo es un sector que genera empleo, que estimula el desarrollo de las regiones y cuya infraestructura ya está creada. Así que, además de la implementación de la línea de crédito anunciada por el presidente Duque, es fundamental que el Gobierno entienda que hay que empezar a retornar a la normalidad. Estados Unidos, país al que evidentemente el covid-19 ha golpeado con mayor virulencia, no ha bloqueado el turismo.

Bienvenido el billón de pesos anunciado en la cumbre virtual de Anato, pero esa plata solo puede llegar a ser útil, si su desembolso -que debe ser inmediato- es concomitante a la reactivación del sector turístico nacional.