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Abelardo De La Espriella Director general DE LA ESPRIELLA Lawyers Enterprise

Nosotros somos los únicos que podemos rescatar a la economía nacional, después de que pase la epidemia que dejará tiradas en el camino a miles de personas y empresas. Aunque es menester observar una actitud positiva y solidaria en estos momentos de grande dificultad, es fundamental que seamos realistas y nos preparemos para el peor de los escenarios.

Yo no descarto que el mundo entre en una depresión económica similar a la de 1929. Si la crisis se alarga más de lo previsto, la producción industrial seguirá paralizada, el desempleo se disparará y, por el mismo camino, caerá, a nivel global, el consumo de bienes y servicios. Este fenómeno atacará a todos los países, con la diferencia de que unos cuentan con mayores reservas, que serán el colchón para hacer menos estrepitoso el colapso.

En tiempos normales -estos no lo son-, cuando el Estado entraba en crisis económica, el ministro de Hacienda del momento corría hacia el Congreso con un proyecto de reforma tributaria bajo el brazo y de ahí salía la solución para pasar el mal rato. Otras veces, la alternativa estaba en los empréstitos tramitados en la banca multilateral. Por obvias razones, ninguno de esos escenarios es viable para el rescate de la economía nacional. Tenemos que ser ingeniosos y audaces. Como en el famoso juego de nuestra niñez, la pirinola, para que todos ganemos, todos tenemos que poner.

El Banco de la República, tan ortodoxo, acartonado e implacable, deberá estar a la altura de las circunstancias, haciendo una lectura acertada de la realidad, pensando un poco más con el corazón y no tan ajustado a las inflexibles doctrinas que rigen a sus codirectores. Esta es una circunstancia excepcional y, en consecuencia, las soluciones deben ser extraordinarias: tendremos necesariamente que olvidarnos de la Política Monetaria y de la Regla Fiscal. Se requiere, pues, una heterodoxa innovación y creatividad.

El Gobierno, que, a pesar de las grandes limitaciones económicas, ha hecho un manejo acertado de la situación, deberá trazar y proponer una suerte de “plan Marshall” criollo no para la reconstrucción de infraestructura, sino para la redención económica y productiva, con una mirada social. Debemos pensar en los millones de compatriotas cuyos puestos de trabajo están en peligro. En todos aquellos que tienen créditos hipotecarios o de cualquier índole, en los emprendedores, en los dueños de micro y medianas empresas, en el tendero del barrio. En fin, en todos y cada uno de los afectados. Parto de una premisa que se repite insistentemente, pero que ahora es más pertinente que nunca: los que todo lo tienen jamás podrán seguir siendo prósperos, mientras estén rodeados por personas que nada tienen.

Si los banqueros, en vez de entender que ellos también tienen que ceder, se dedican a asfixiar a los acreedores, quedarán en la ruina, porque, cuando alguien no tiene cómo cumplir sus obligaciones, simple y llanamente se rebela y deja de pagar. Y los bancos necesitan tener dinero en sus bóvedas; no miles de casas, vehículos, muebles y enseres embargados.

El sector público es donde mayores ajustes deben hacerse. La apretada del cinturón es para todos, empezando por la eliminación de miles de contratos de prestación de servicios, que se convirtieron en una vena rota. Así mismo, es perentorio que los salarios de los funcionarios con mayores ingresos sean recortados. Insisto: la clave de esto consiste en que todos, absolutamente todos, pongamos. Aquella es la única fórmula real para que Colombia entera pueda ganar.

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