Está sucediendo lo inevitable: el hambre que empieza a ser generada por la depresión económica causada por la pandemia. Si este año ha sido difícil, el entrante será peor. Para el segundo semestre de 2021, empresarios de todos los niveles añorarán 2020, pues para ese momento la situación será, por decirlo sin mayores rodeos, catastrófica.

Me preocupan los informes del Dane y los análisis sesudos que ha venido realizando Bloomberg respecto de la situación económica que se registra en los hogares colombianos, en muchos de los cuales literalmente se aguanta hambre. No se trata de un mensaje populista, sino del resultado de investigaciones rigurosas en ciudades como Cartagena, donde el desplome del turismo está pasando factura.

La cifra recogida por Bloomberg es extremadamente alarmante. Solamente 40,5% de los hogares cartageneros puede hacer las tres comidas básicas al día. Antes de la pandemia, 81,6% podía hacerlo, lo que significa una reducción de 40 puntos porcentuales en relación con la situación actual.

En Bogotá, donde el cierre de empresas y negocios ha sido exagerado, el porcentaje de familias que, a comienzos de año podía hacer sus tres comidas era de 85%; hoy está 13 puntos por debajo. Y esas son las realidades sobre las que urge trazar e implementar planes eficaces de reactivación económica. Hay que garantizar la supervivencia de nuestros compatriotas.

Con hambre, no hay nada de qué hablar. Este, como lo he dicho de manera insistente, no es un asunto que debe ser manejado desde los computadores de los tecnócratas -yo prefiero llamar “tecno-astronautas”- de Planeación Nacional ni de los del Ministerio de Hacienda, sino en el terreno.

Se convirtió en lugar común repetir que tenemos que acostumbrarnos a vivir con el covid-19. Pero vayamos más allá: tenemos que reconstruir nuestras vidas, a pesar de la amenaza del virus. No podemos seguir estáticos, permitiendo el acelerado marchitamiento del aparato productivo con los efectos nocivos que eso implica para el bolsillo de los colombianos.

Esta es la pandemia del hambre, y nuestro esfuerzo, además del aspecto médico, tiene que concentrarse en la lucha contra la miseria que se está incubando. El problema, que es gravísimo, no se resuelve haciendo cuadros de excel, ni con proyecciones sofisticadas. Esto es poniendo manos a la obra, ejecutando planes de contingencia, buscando recursos hasta debajo de las piedras para atender a nuestros compatriotas que están sufriendo los estragos de esta pandemia.

Cuando empezó el confinamiento, puse en marcha una iniciativa que resultó muy eficaz. La denominé “Cosecha Solidaria”. Consistió en comprarle a los campesinos sus productos, pagándolos al precio corriente para luego repartirlos en los hogares donde había serias y ciertas necesidades.

Sin intermediarios y con una eficacia sorprendente, logramos unos resultados bastante satisfactorios. Por eso, considero que proyectos como el de “Cosecha Solidaria” deben desarrollarse a nivel nacional, nutridos con fondos públicos y privados y con el propósito de solucionar el hambre de los colombianos menos favorecidos, mientras se empiezan a sentir los efectos de las medidas de reactivación económica, que siempre tomarán tiempo, sobre todo ahora que la incertidumbre reina en todo el planeta.