Analistas 20/05/2020

De los decretos a la realidad

Era fundamental que, en aras de desacelerar la expansión del coronavirus, se ordenaran el confinamiento y el distanciamiento social. Por ello, se ha generado la falsa percepción de que la cuarentena tenía efectos curativos, cuando eso no es en absoluto cierto.

El paso del tiempo nos ha demostrado que el virus no es estacional, y, de acuerdo con el criterio de algunos epidemiólogos, es posible que la humanidad tenga que habituarse a coexistir con él, comparándolo con el VIH y otras enfermedades. Lo anterior nos obliga a preparar lo correspondiente para reiniciar el aparato productivo nacional, incorporando las medidas preventivas a que haya lugar, para proteger la salud de los colombianos.

El país tiene que despertarse. Las cifras del primer trimestre son alarmantes. El PIB creció 1,1%, y el desempleo subió a 12,6%, mientras que las exportaciones e importaciones observaron un angustiante crecimiento negativo. Entiendo que el Gobierno Nacional ha hecho lo necesario, con un objetivo fundamental: salvar vidas. Pero es hora de que iniciemos la implementación de medidas para evitar que la depresión económica tenga una mayor letalidad que el propio covid-19.

Pienso en los trabajadores informales, en las empleadas del servicio doméstico por días, en aquellos que sobreviven diariamente del producto de su trabajo, que no tienen capacidad de ahorro ni mucho menos de endeudamiento. Cada día que pase, sin reabrir plenamente al país, significará un paso más de aquellas personas hacia la ignominiosa miseria y el hambre.

Esta crisis ha tenido efectos demoledores para todos los sectores; pero tengo una preocupación específica en la clase media, cuya supervivencia depende del trabajo o de los resultados de los pequeños emprendimientos. Un hogar sin ingresos, inmediatamente suspende los desembolsos para cubrir cuotas hipotecarias o alquileres. La reducción del flujo de caja obliga a la toma de decisiones drásticas, como la cesación en el pago de matrículas universitarias. Una agobiante tragedia.

Las universidades privadas, que han tenido que ajustar sus procedimientos y modalidades de enseñanza sobre la marcha, pues la virtualidad indefectiblemente reduce la calidad de la formación en determinadas áreas del saber, tienen un futuro borrascoso. De acuerdo con la Asociación Colombiana de Universidades (Ascun), el próximo semestre habrá una deserción de 25%, cifra que es francamente preocupante y frente a la que no podemos cruzar nuestros brazos ni voltear la mirada, en actitud de desentendimiento.

Además del efecto letal que aquello le causará a las tesorerías de las universidades y por ahí derecho a la cualificación de sus programas académicos, está la secuela social: sería delicadísimo un retroceso a los tiempos en los que los jóvenes, por falta de recursos, no tenían acceso a una formación técnica o profesional.

La banca privada, que es tan ortodoxa, rigurosa e insolidaria, tiene el deber patriótico de crear líneas de crédito -con muy bajos intereses- para cubrir gastos de educación superior. Sería funesto que nuestros jóvenes suspendieran sus estudios, porque estaremos condenándolos a una vida miserable y sin mayores proyecciones.

Los decretos para atender la pandemia han sido acertados, pero la realidad es muy distinta. Si no reactivamos ya nuestra economía, los efectos en el corto y mediano plazo serán devastadores.