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ANALISTAS 16/07/2026

Roberto Camacho Prada: a 40 años de su muerte

Hay múltiples caminos honestos, pacíficos y dignos de emular para optar por Colombia y convertir a la patria en una comunidad de propósito como país y en una comunión de sentido como nación.

Esos caminos tienen al sentido común como principio y al bien común como horizonte.
Roberto Camacho Prada ejerció muchas formas de optar por Colombia. Oriundo de Mogotes, Santander, tierra de comuneros, asolada por diversas violencias que terminaron desplazándolo, Camacho Prada optó por el Meta, por el sector avícola y por la gremialidad de los panificadores.

Sus últimos pasos existenciales lo llevaron a optar por el Amazonas; allí, en una región donde hay muy pocos votos, pero eso sí, mucha patria, desarrolló diversos emprendimientos privados, públicos y sociales, y materializó una vocación periodística en espacios radiales y como corresponsal de El Espectador.

Sin pretender exactitud histórica, puede decirse que Roberto Camacho Prada fue una de las primeras voces proféticas y una de las primeras miradas que supieron avizorar las pretensiones del narcotráfico de afectar la integridad territorial del país y cooptar las prácticas cotidianas y locales de la institucionalidad democrática para crear corredores geográficos funcionales a esa actividad ilícita y a las lógicas del poder arbitrario de los dueños y capos de ese pernicioso negocio.

Cuarenta años después del asesinato de Camacho Prada, el 16 de julio de 1986 -me es imposible usar eufemismos suavizantes con palabras como sacrificio o inmolación-, los colombianos estamos viendo, con perplejidad e indignación, cómo la fragmentación territorial agenciada por carteles narcoterroristas y por otras actividades ilícitas, violentas y corruptoras amenaza a diario la sostenibilidad democrática del país.

Las denuncias que Camacho Prada hizo en su rol de periodista y ciudadano comprometido con el Amazonas y con Colombia terminaron costándole la vida. El narcotráfico, que a nada reconoce valor y a todo pone precio, hasta llegar al desprecio, tomó la decisión de asesinarlo, y esa canallada, sucedida casi dos años después del asesinato del ministro Rodrigo Lara Bonilla, sería el doloroso preludio del asesinato de Guillermo Cano Isaza, del atentado contra la sede de El Espectador y del magnicidio de Luis Carlos Galán.

A Camacho Prada lo mataron sin su consentimiento; él solo quería servir a su comunidad y nunca convocó, en tono de mártir y con pose de víctima, a la mano asesina que sí procedió con su cobarde felonía.

Camacho Prada solía recitar a sus hijos este poema: «Si en la lid el destino te derriba, si todo en tu camino es cuesta arriba, si tu sonrisa es ansia insatisfecha, si arduo es el trabajo y vil la cosecha, si a tu caudal se contraponen diques, date una tregua, pero no claudiques».

Escribo esta columna cuando el asesinato del periodista y líder social que fue Camacho Prada sigue en la impunidad, porque su legado deja saldos pedagógicos para las nuevas generaciones de ciudadanos y periodistas que optan por la Colombia profunda y también, como tributo de amistad y hermandad con su familia, con quienes seguimos optando por Colombia.

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