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Cultura 14/07/2026

Problemas diabólicos

Lewis Acuña
Periodista
La República Más

Un joven aspirante a título de kickboxing subió al cuadrilátero con la mirada fija en el campeonato europeo. Su entrenador le susurró promesas de gloria antes del primer asalto. Segundos después, estaba en la lona. El golpe fue definitivo. Su entrenador se acercó para hablarle de aprendizajes inmediatos, mientras el muchacho apenas lograba ponerse en pie.

Intentar forzar una lección positiva ante una derrota tan evidente es una carencia de compasión. Hace la herida más profunda y la realidad no tiene una cara amable ni una enseñanza oculta siempre. A veces una caída es solo una caída y se necesita tiempo antes de cualquier pretensión de crecimiento. Esa misma fragilidad aparece en la vida del terapeuta que, tras años de estudiar la conducta, reconoce sus límites.

Durante sus mañanas de ducha, su mente genera diez ideas brillantes pero la realidad —como un golpe certero— solo le permite ejecutar una o dos con éxito. Ese desajuste entre la generosidad de su pensamiento con la limitación de sus horas le provocaba un sufrimiento innecesario y se etiquetaba como un procrastinador por no poder cumplirle a su ambición.

Comprendió que la madurez consiste en elegir tres de esas diez ideas y aceptar que las otras siete quedarían en el aire. También que la paz no viene de alcanzar todo lo planeado sino de ser amigo de los propios límites y sentirse a gusto con él. Pero la contradicción se vuelve insoportable cuando una catástrofe externa destruye el entorno conocido.

Uno o dos terremotos impensables sepultan una casa en la que se invirtió todo el capital económico y los sueños de un hogar. El dueño, su esposa, los pequeños hijos y su perro se salvan para observar las ruinas desde la distancia. El hombre no tiene herramientas mentales para gestionar eso. Ninguna preparación previa garantiza la invulnerabilidad ante el desastre porque la vida tiene ese odioso habito de ser un evento sin control que no admite respuestas prefabricadas ni un optimismo artificial a cualquier precio.

Intentar regularizar el miedo con mantras positivos cuando se nos mueve literalmente el piso es un ejercicio de insensatez que ignora cómo funciona el cerebro humano. Las emociones desagradables tienen una función biológica de protección que no puede ser neutralizada mediante el pensamiento voluntarista.

Es lo que dice Víctor Amat en su libro 'Psicología Punk', donde deja al descubierto la necesidad de cuestionar los dogmas del desarrollo personal que nos instan a la perfección y a ser racionalmente irracionales.

 

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