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Es cierto que los grandes líderes suelen tener facilidad para relacionarse: se caracterizan por su carisma, cuentan con la inteligencia necesaria para tomar decisiones valientes y poseen una visión clara sobre la organización que lideran. Sin embargo, también deben enfrentarse, en determinados momentos, a decisiones impopulares como despedir empleados o recortar gastos y, como cualquier ser humano, pueden reaccionar o molestarse ante situaciones del día a día.
Su reputación está estrechamente ligada a su comportamiento y, por ello, suelen pensar dos veces cómo resolver y actuar frente a los problemas sin afectar la percepción positiva que otros tienen de ellos. Para evitar asumir directamente ese rol, algunos líderes buscan dentro de su equipo a una figura que funja como el ‘policía’. Esta persona se encarga de ejecutar las decisiones más complejas, decir “no” a las solicitudes del equipo e incluso asistir a reuniones como delegado del líder para frenar proyectos que no pueden avanzar.
El liderazgo no es un concurso de popularidad, sino un ejercicio de valentía. Y cuando hablo de valentía, me refiero a la capacidad de asumir los conflictos y las tensiones que generan las decisiones que tomamos. Evadirlos no solo implica perder una oportunidad de crecimiento, pues el conflicto no es, en sí mismo, negativo, sino que además constituye un claro acto de cobardía.
Mirar hacia otro lado cuando las cosas no están bien es una ausencia de valor, pero también una falla moral: el líder cobarde piensa más en su propio bienestar que en el colectivo. Este es uno de los errores más graves al ejercer el liderazgo y suele marcar el inicio de la caída del poder. La cobardía es silenciosa y no debe confundirse con prudencia. Al final, es un búmeran que regresa en forma de pérdida de respeto.
Los equipos y los seguidores respetan más a un líder que enfrenta los momentos difíciles que a aquel que busca permanentemente el consenso o el agrado colectivo. El liderazgo es un equilibrio entre tomar decisiones relevantes, asumirlas con responsabilidad y, al mismo tiempo, apoyarse en otros integrantes del equipo que funcionen como un primer filtro para contener o anticipar problemas. De esta manera, también se evita la saturación y el desgaste innecesario.
Aunque la figura del ‘policía’ puede ser útil, el líder nunca debe delegar sus responsabilidades más importantes: definir la visión y el rumbo de la organización, tomar las decisiones financieras clave, promover nuevos liderazgos, encarar la resolución de conflictos y las conversaciones difíciles, y asumir la comunicación institucional. Delegar estas tareas no es eficiencia, es renuncia.
La sociedad y los equipos de trabajo no recuerdan al líder más amable, sino al más valiente: al que se preocupó genuinamente por el bienestar de los demás y estuvo presente para tomar decisiones trascendentales, incluso cuando estas implicaban recorrer el camino más difícil.
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