Porque, al final, el verdadero salto no es pasar de primera a segunda o tercera generación. Es convertirse en una institución capaz de renovarse sin perder aquello que hizo que las personas confiaran en ella desde el comienzo
Aquí, por los abusos de una dirigencia política, financiera y empresarial, perdimos la legalidad, la cultura, la sensatez, la responsabilidad democrática, la independencia de poderes y el respeto al interés general