martes, 26 de noviembre de 2019

A pesar de la crispación social y las permanentes protestas, el país económico no puede desfallecer y debe redoblar esfuerzos para que el cierre del año sea de los mejores

EditorialLR

Si Colombia logra durante este último trimestre del año, comprendido entre octubre y diciembre, crecer entre 3,3% y 3,6%, será el país que más repunte en su PIB entre las economías más grandes de la región. El dato cobra relevancia en esta convulsionada coyuntura política y social para explicar la importancia de que el Producto Interno Bruto, de unos US$330.000 millones, avance, no se estanque, y el país pueda cuantificar un monto de riqueza en ascenso que le sirva para redistribuir el ingreso, en una suerte de PIB per cápita que llegue al menos a los US$7.000, antes de comenzar la tercera década del siglo XXI. Es fundamental que la economía colombiana cierre con broche de oro este 2019 por el simple hecho de que es mejor redistribuir riqueza que pobreza; un PIB en franco crecimiento hace que estadísticamente el país pueda reordenar sus cuentas fiscales y diseñar mejores políticas públicas para sacar a más colombianos de la pobreza o derramar bienestar y calidad de vida. No se pueden pedir mayores inversiones sociales o subsidios cuando la economía no va bien por administración deficiente o porque su sector privado -personas naturales y jurídicas- no pueden pagar más impuestos porque está frenada o en recesión. Es vital cerrar 2019 con buena cifras de tal manera que las firmas calificadoras de riesgo y la banca multilateral premien el desempeño económico manteniendo el grado de inversión y reconociendo su desempeño en el concierto internacional, respectivamente. Que Fitch, Moody’s y Standard & Poors, sigan siendo optimistas y aconsejen a los inversionistas internacionales traer sus capitales al país es vital para el desarrollo y la transferencia de innovación y tecnología; ¿qué quiere decir esto?, que si Colombia pierde el grado de inversión en algunas de las calificadoras de riesgo, la inversión de grandes multinacionales se irá esfumando y con ello toda la transferencia de modernización. Por ejemplo, las grandes aerolíneas no mirarán a Bogotá como punto de llegada y los tiquetes internacionales se encarecerán fruto de la menor competencia. Lo mismo puede suceder con los grandes laboratorios farmacéuticos, que no verán al país como un escenario de prosperidad y facilidad de invertir socavando la sana competencia. Las importaciones de medicamentos a altos costos sería una consecuencia de la situación de bajo crecimiento y pérdida del grado de inversión.

Ahora bien, no quiere decir esto que bajo el bajo crecimiento sea una consecuencia de la pérdida del grado de inversión. Nada que ver, todo lo contrario: si no hay condiciones para seguir creciendo ni haciendo las reformas económicas necesarias para dar garantías fiscales, es inevitable perder el grado de inversión; es aquí en donde se debe tener en cuenta el tren de reformas necesarias para que el país siga por el buen camino en términos de crecimiento. La reforma tributaria que se tramita en el Congreso es una de esas exigencias o imperativos, pues sin dinero en el fisco no existe la posibilidad de crecer ni de enviar mensajes de que el país cumple la hoja de ruta adecuada. No es menor exigir a los congresistas, ahora más que nunca, que la aprobación de la Ley de Financiamiento en su segunda versión debe ser inmediata para que el país envíe esas señales de buena economía y así aminorar los problemas que se avecinan.

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