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EDITORIAL Reforma tributaria estructural
viernes, 14 de diciembre de 2012
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Al ver la rapiña por colgarle cosas a la reforma tributaria, nos damos cuenta por qué no existe una ley estructural

Al ver la rapiña por colgarle cosas a la reforma tributaria, nos damos cuenta por qué no existe una ley estructural
 
El Congreso de la República, tanto en su dimensión del Senado como en la Cámara de Representantes, es una de las instituciones más desprestigiadas desde que se han hecho encuestas en Colombia. Su nivel de credibilidad es mínimo y la desconfianza que generan los mal llamados ‘padres de la Patria’ ha aumentado con el paso de los años. Se profundizo más aún si miramos los escándalos que protagonizaron sus miembros durante este 2012 que ya llega a su final. Deja mucho que desear que el mismo Gobierno Nacional en cabeza tributaria del Ministerio de Hacienda, haya dejado para la última semana legislativa el debate económico más importante que es la reforma tributaria. Habrá razones de peso para que el trabajo más arduo del año se asigne en la semana de fiestas navideñas, pero lo más pernicioso es que se negocie la reforma bajo la mesa y que políticos de todas la regiones le ‘cuelguen’ artículos a la iniciativa como si fuera su árbol de Navidad.
 
Los culpables de que el sistema tributario colombiano sea una colcha de retazos, tejida a muchas manos durante años de desidia, por docenas de ex directores de la Dian y ex ministros de Hacienda, que ahora son lobistas de sectores y grupos económicos, es un tumor que mantiene al país en los últimos lugares de la recaudación de impuestos, la equidad y el desarrollo económico. Eso se demuestra año tras año en los diferentes listados internacionales de competitividad en donde la tributación nacional brilla por ser altamente incompetitiva.
 
Así como casi todos los superintendentes financieros del pasado han terminado coptados por algunos grupos que antes vigilaban, sucede lo mismo con los ministro de Hacienda y varios directores de la Dian que se vuelven consultores o empleados directos de las empresas que antes ‘apretaban’ u obligaban a cumplir con el deber sagrado de pagar los impuestos justos. Pero si bien ese es un gran pecado nacional, la puerta giratoria, está en el papel de los congresistas en donde se albergan los mayores vicios tributarios. Para la actual reforma se construyeron poco más de cien artículos, pero por la pernicia de muchos representantes y senadores le colgaron casi el doble de artículos para favorecer aparentemente regiones, sectores, empresas e ilusiones personales. Casi en todos los discursos económicos se hace mención de la reforma tributaria estructural como la fórmula para garantizar que los impuestos sean justos y equitativos, pero es un verdadero ‘cisne negro’, que no vemos en los próximos dos o tres años que sea una realidad.
 
La actual reforma que se tramita en el Congreso debe hundirse si no conserva la motivación que el Gobierno le imprimió, y que como van las cosas terminará en una colección de micos parlamentarios.

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