martes, 9 de junio de 2020

Ni la apertura económica, ni la docena de TLC han logrado que Colombia se convierta en un país exportador. Hay factores estructurales de competitividad y altos impuestos que lo impiden

EditorialLR

La historia de la economía colombiana puede contarse en tres grandes momentos muy vinculados cada uno a las exportaciones de productos primarios. Entre mediados de los años 50 y bien entrados los 90, el país pudo desarrollar una buena actividad exportadora de café que dio origen a un emporio económico y político; cuando cayó el pacto de cuotas el papel que jugaban los cafeteros se vino a pique, pero se ha sostenido como el producto agropecuario más importante para el ingreso de divisas. Al llegar los años de Cusiana y Cupiagua, el país entró en la moda petrolera de los vecinos y el crudo fue la nueva gallina de los huevos de oro, hasta agosto de 2014 cuando cayeron los precios y arrastraron la economía a bajos crecimientos. El tercer momento de las ventas de productos y servicios colombianos al exterior no ha llegado aún en plena cuarta revolución industrial y todo parece indicar que se demorará otra década más, pues no hay nada en el horizonte exportador que pueda suplir al café y mucho menos al petróleo. No se trata de “suplir”, se habla de apoyar, aportar o diversificar la misma cantidad o superar los montos vendidos a otros mercados. Es importante la venta de flores, bananos y algunas frutas tropicales, pero hay poca competitividad en otros productos primarios, mucho menos en bienes y servicios que gocen de algún tipo de elaboración; seguimos ineludiblemente pegados a vender barriles de petróleo, toneladas de carbón, café, flores, bananos o aguacates, pero no se ve nada prometedor en un mundo que sigue evaluando a las economías por las exportaciones per cápita, factor que sigue en deuda, muy a pesar de que la apertura económica de los años 90 se vendió con la justificación de motivos de que el país exportaría el doble; situación que se repitió a comienzos de este siglo XXI con el cuento de los tratados de libre comercio firmados con una docena de países, que serían la panacea de las exportaciones nacionales y generarían riqueza.

Hay cuatro razones válidas que explican por qué ese asunto de exportar en Colombia no pega tanto como en Chile, México o Perú, nuestros socios de la Alianza del Pacífico. El primero tiene que ver con los altos costos de exportar en Colombia, pues es un país signado por el narcotráfico y todos y cada uno de sus bienes y servicios vendidos al exterior son súper vigilados en todos los mercados y eso implica costos de salida y costos de entrada a nuevos mercados. El segundo factor es el lastre de ser competitivos solo con la tasa de cambio, pues mucha de la utilidad de exportar está más asociada a un dólar caro que a una alta productividad por hectárea o eficiencia en la producción; muchos exportadores viven más preocupados por la variación de la TRM que por nuevos mercados. El tercer factor son los impuestos para producir en Colombia, que son los más elevados dentro del universo de la Ocde; un asunto que ha desestimulado a los empresarios que prefieren el mercado interno que el desgaste externo. Y el último y más polémico es el factor salarial: Colombia carece de escalas salariales sectoriales, incluso no está reglamentado el trabajo por horas y el salario mínimo es muy alto si se compara con economías que producen las mismas cosas. Sumados esos factores hacen que el país solo haya alcanzado unos US$10.000 millones al cuarto mes del año en exportaciones. Tristemente, todo depende del petróleo.

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