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Balanza comercial entre Colombia y Ecuador
Otra de las imperdonables muestras del olvido del Pacífico es que el petróleo colombiano tenga que salir a puerto para ser exportado por territorio y salidas ecuatorianas
Ecuador está solucionando la compra de energía colombiana mediante la millonaria inversión en dos hidroeléctricas, una manera idónea de sustituir importaciones, mientras que Colombia nada hace para evitar usar el oleoducto transamazónico para sacar el petróleo del Putumayo a los mercados internacionales. Es una realidad más que demuestra el imperdonable olvido histórico del Pacífico.
Hace tres o cuatro décadas que el país no solo hubiese construido un oleoducto que transporte el petróleo extraído de la Bota Caucana y Putumayo, sino terminado la hidroeléctrica de Arrieros del Micay, dos obras de infraestructura que hubiesen desarrollado el suroccidente colombiano y, a la vez, hecho soberanía en un territorio hoy dominado por docenas de grupos subversivos residuales vinculados al narcotráfico transnacional.
Petróleo que debería salir por Tumaco y energía que tendría mercado en Ecuador y Perú, pero nada de eso se hace evidente hasta que las consecuencias de la desidia nacional tocan a la puerta de las primeras páginas. Para un país como Colombia, cuarta y a veces tercera economía de la región, es imperdonable que tenga que pagarle US$3 o US$30 por cada barril de petróleo transportado al gobierno ecuatoriano, pudiendo tener una infraestructura moderna y propia con foco social. Lo mismo sucede con la regasificadora del Pacífico, la doble calzada en la Panamericana que conecte con el sur del continente y la máxima protección ambiental del Macizo colombiano, en donde se trifurca la cordillera de los Andes y lugar en donde nacen los principales ríos.
Quizá el centralismo, la corrupción, la miopía geopolítica y la poca importancia que se le da a las inversiones en infraestructura de alto impacto social es lo que explica que el país dé ventajas competitivas a pequeños países vecinos. La misma realidad se puede relatar en la frontera con Panamá, en donde el tapón del Darién sigue siendo la excusa para no tener la continuación de la Panamericana al norte del continente o la interconexión eléctrica que rentabilice la generación eléctrica colombiana.
Es un país encerrado en su centro andino que no ve en las fronteras zonas de crecimiento y desarrollo; al sur con Ecuador y los problemas de inseguridad ligados al narcotráfico, y al norte con Panamá, dominada por las hordas de inmigrantes rumbo a México y Estados Unidos. En Urabá, Putumayo, Cauca y Nariño hay enormes posibilidades de crecimiento binacional, con dos economías que están enderezando sus números; el Ecuador de Noboa pinta con más futuro por su relación con Estados Unidos y su foco de economía de mercado, mientras que el Panamá de Mulino camina hacia uno de los países con más desarrollo, crecimiento y bienestar del continente, siempre respaldado en materia de seguridad y comercio por EE.UU.
Las discusiones en las que se debe meter la política y la economía colombiana de cara al 2030 tienen que ver con el Pacífico, el suroccidente y Urabá, regiones interconectadas que le dan sentido a la gran posición estratégica de Colombia, pero que hoy están capturadas por los traficantes de drogas y armas que sí entienden la geografía.
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