viernes, 7 de agosto de 2020

La gente no está comprando o consumiendo, así lo demuestra la nula variación de los precios en julio, lo que se convierte en una peligrosa tendencia para la recuperación económica

EditorialLR

El Dane entregó los resultados del Índice de Precios al Consumidor de julio y la variación resultante fue de 0%, mientras que el acumulado anual se ubica en 1,97%, porcentajes muy bajos que de momento son buenos, pero que de mantenerse en el tiempo pueden ponerse en contra de la recuperación económica rápida, tal como lo prevé el Gobierno Nacional, que, dicho sea de paso, sigue aferrado a que el nuevo año se crecerá en torno a 5%. El problema de esta inflación nula o negativa es que ocurre por una demanda insuficiente producto de la cuarentena, la baja exposición al consumo y la caída en los ingresos de las personas. La última vez que esto se registró fue a finales de 2013, cuando entre noviembre y diciembre figuraban precios de 1,76% y 1,94%, respectivamente. Un IPC de 0% mensual solo se había visto en enero de 1970, agosto de 1975 y agosto de 2005. En países informales e inflacionarios como el nuestro, es una rareza que solo se tiene explicaciones en tiempos de cuarentena o de crisis financieras muy profundas.

Los primeros comentarios que recoge una situación de variación de precios muy baja o inexistente como la que se presenta es que es un alivio para los consumidores y para quienes han perdido su empleo, pero tras los buenos números se esconde el verdadero drama de una recesión económica no declarada que puede hacer que los precios desciendan sin seducir a los compradores de bienes y servicios. Si no hay compradores no hay oferta y sin oferta no hay empleo, incluso para las empresas de servicios públicos no es una buena situación. En julio pasado, los alojamientos, el agua, la electricidad y el gas tuvieron un comportamiento distinto a los otros sectores con 0,005%, un poco por encima, pero por fuera de los costos de producción y desenfocados frente a los planes de ingresos. El transporte registró 0,003%, los restaurantes y hoteles 0,03%, los bienes y servicios diversos con 0,01% y la salud 0,01%. Los que más cayeron fueron alimentos y bebidas no alcohólicas con -0,13%.

Si miramos por ciudades las cosas también son distintas: Pereira (4,23%), Pasto (1,17%) e Ibagué (1,14%) fueron las que presentaron mayores variaciones mensuales de precios. Mientras que las que menos aumentaron fueron Villavicencio (-0,40%), Florencia (-0,55%) y Montería (-2,31%). Bogotá, Medellín y Cali tuvieron variaciones de -0,08%, -0,03% y-0,08%, respectivamente. Esta aparente y momentánea deflación no se está dando de manera extendida ni por igual, si se observa por sectores y regiones.

El fenómeno ocurre cuando la oferta de bienes y servicios en una economía es superior a la demanda, es decir que las empresas están siendo obligadas a reducir los precios para poder vender la producción y no verse obligadas a acumular stocks; situación que no se ha percibido en Colombia, pues la cuarentena ha sido intermitente y las promociones abundan en todos los negocios. Lo cierto es que el desajuste entre oferta y demanda que estamos percibiendo tiene que ver más con una demanda insuficiente y no con un exceso de oferta. Importante aclarar que deflación es el fenómeno contrario a la inflación y debe darse durante dos semestres para que pueda hablarse de ello, pero siempre tiene un comienzo como el que experimentamos en julio y no sobra alertar sobre la necesidad de estimular el consumo con tasas más bajas.

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