miércoles, 26 de febrero de 2020

Colombia es un país con retos y oportunidades enormes en el agro, para poder resolverlos y hacerse más eficiente debe dividir el problema y empezar por hacer más ligero el ministerio

EditorialLR

Para nadie es un secreto que el Ministerio de Agricultura es uno de los pilares fundamentales de la economía colombiana, pero que tiene tantas responsabilidades directas e indirectas que se ha vuelto inmanejable por su tamaño; no puede ser que tenga dentro de sus responsabilidades la hilación de las políticas públicas de casi una veintena de instituciones y, que al mismo tiempo, le corresponda hacer productivo el campo y llevarlo a ser competitivo con las herramientas que brinda la cuarta revolución industrial.

El punto es que por esa cartera han pasado 17 ministros desde 1991, es decir que el promedio de duración en el cargo no pasa de 1,7 meses, pírrico tiempo para hacer una verdadera revolución agraria y mucho menos para aumentar las cosechas y lograr exportar productos.

Los tiempos de los jefes de la cartera del agro están sincronizados con las temporadas políticas y son una suerte de alfileres de unión entre el Ejecutivo y Legislativo, haciendo que los ministros tengan jefes políticos regionales lejos de la idea que mandatario de turno tenga sobre el sector; más aún, hay figuras clave del sector que dependen del ministro, tales como director del ICA o presidente del Banco Agrario, que dependen su permanencia de la continuidad del ministro, generando desarticulaciones que no dejan avanzar el campo colombiano.

No hay políticas agrarias enfocadas en las nuevas tecnologías, no existe un mapa renovado de distritos de riego ni nuevas cooperativas que ayuden a los microempresarios agrarios a conquistar nuevos mercados.

Hay temas transversales en el agro que no están claros ni bien definidos, tales como son la financiación de grandes cultivos, nuevos emprendimientos, subsidios estratégicos, los seguros de cosecha, los estudios climáticos, las nuevas tecnologías y todo lo que tiene que ver con aprovechamiento de los tratados de libre comercio.

Es cierto que muchas de estas cosas están en el plan nacional de desarrollo, pero ha costado ejecutarlos por los cambios permanentes y la poca claridad en el largo plazo. La vivienda rural, la construcción de vías terciarias, el mercado laboral y la tecnificación, son temas que siguen sin ser cohesionados por el Gobierno Nacional, por tanto los resultados aún no se ven ni se esperan en el mediano plazo.

La solución no es otra distinta a repensar el ministerio en toda la estructura de funcionamiento, ahora que se le han ido quitando algunas responsabilidades para dárselas a otras carteras o instituciones de apoyo. Es más que necesario un viceministerio de producción agropecuaria pensado a largo plazo que tenga no solo metas megas, cuantificables y evaluables en términos de aumento de productos y participación en mercados internacionales, sino que tenga una hoja de ruta por regiones.

El problema es que la red de producción agropecuaria está más bien pensada en términos de entrega de subsidios que de resultados, tal como existe en Chile y se ha ido copiando en Perú.

Aún queda mucho tiempo en esta administración para reinventar el Ministerio de Agricultura, limpiarlo de intereses políticos regionales y lograr que las entidades adscritas al campo no se entreguen como botines burocráticos o como una fuente inagotable de proyectos productivos que nunca producen y se llevan recursos escasos.