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Las tres guerras: corrupción, drogas y pobreza
EDITORIAL

Las tres guerras: corrupción, drogas y pobreza

miércoles, 27 de mayo de 2026

Las tres guerras: corrupción, drogas y pobreza

Foto: Gráfico LR

Los dos candidatos que pasen a la segunda vuelta presidencial en Colombia deben tener soluciones serias para ganar las tres guerras que carcomen el país

Editorial

Más allá de la crispación política que toda jornada electoral suscita, es fundamental que la sociedad colombiana, convocada a votar en masa este domingo, vea con claridad que el país político, económico y social -sea quien fuere el vencedor- deberá enfrentar tres enemigos enquistados en la problemática nacional: la corrupción, el narcotráfico y la pobreza. Por donde se revise, Colombia siempre ocupa los primeros lugares en los rankings de estos tres flagelos.

En el Índice de Percepción de la Corrupción elaborado por Transparencia Internacional, Colombia tiene una calificación de 37 sobre 100, nota que sitúa al país en el puesto 99 entre 182 evaluados. Es un país que padece la captura institucional en muchas de sus dependencias, situación que no solo es un desangre para el erario público, sino una de las causas de la baja inversión local y extranjera. Ningún empresario legal va a un país en donde el dinero público se vuelve riqueza particular.

Las tres guerras: corrupción, drogas y pobreza
Gráfico LR

El segundo flagelo es el narcotráfico, monitoreado por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, que elabora el Informe Mundial sobre las Drogas y el Índice Global de Crimen Organizado, en el que Colombia ocupa el primer lugar desde que se elabora, un triste primer puesto indestronable, al punto que el problema se ha vuelto paisaje en el territorio nacional. Incluso hay regiones en las que la corrupción y el narcotráfico se han entrelazado, empujando al país a un fracaso como Estado de Derecho. Y entre los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, Colombia también brilla por ser el más pobre o por tener el menor producto interno bruto per cápita, superando a México, Turquía y Chile.

No hay avances en reducir la brecha estructural de ingresos de los colombianos porque, para los gobernantes de turno, los niveles de informalidad no son un problema y el llamado “rebusque” es un estilo de vida que a alcaldes, gobernadores y presidentes no les genera dificultades. Según datos de la Organización Internacional del Trabajo, la tasa de empleo informal asciende a 56%, lo que ubica al país en el segundo lugar después de México en la Ocde; en la mayoría de países europeos que pertenecen al “club de las buenas prácticas” se presentan niveles inferiores a 5%. La tasa de informalidad de Colombia es siete veces más alta que la de Polonia.

Un plan de gobierno serio y comprometido con el desarrollo de los colombianos debe tener estrategias de largo plazo para derrotar la corrupción, el narcotráfico y la pobreza, y para lograrlo es necesario formular políticas de Estado que conduzcan a ganar esas tres guerras que se han entrelazado, condenando a millones de colombianos a vivir en medio de la precariedad y sin futuro. Esta es una de las principales explicaciones de la silenciosa diáspora colombiana hacia Estados Unidos y Europa: los gobernantes no quieren o no pueden enfrentar estos problemas crónicos.

Generaciones enteras de colombianos han tenido que convivir con asuntos anormales que en otros países hacen parte de la historia. Ni la corrupción, ni el narcotráfico, ni la pobreza se derrotan en cuatro años, pero unas elecciones son una manera de comenzar un camino verdadero hacia la estabilización nacional; hay que empezar de una vez para poder garantizarles a los más jóvenes que tienen un país en donde vivir dignamente, y no uno que se ha convertido en una lanzadera de jóvenes hacia el exterior.

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